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"Siempre estoy a disposición del Padre con una apertura total y gozosa, entusiasta, hecha de amor respecto al Padre".
Pero esto Jesús no lo hace sólo para sí; en seguida añade:
«Y por ellos me santifico, para que ellos también sean santificados en la verdad».
Este tipo de santificación, de sacralización vivida junto con el Padre -de consagración, podríamos decir-, que Jesús realiza personalmente, tiende a transferirse a los discípulos. Existe a propósito un movimiento que va de Jesús a los discípulos. Hagamos una última puntualización, tomando un texto difícil de Pablo. En 1Cor. 7,25-34 él afronta un problema particularmente candente en Corintio: la elección de la virginidad. Precedentemente ha hablado de la variedad de carismas: «Cada uno tiene su propio don [carisma] de Dios, quien de un modo, quien de otro» (7,7). Pablo ve la virginidad como un carisma, es decir como un regalo de la bondad benévola de Dios. ¿Pero cómo la interpreta?. Él afirma: «La virgen es santa en el cuerpo y en el espíritu» (7,34). "Santa quiere decir que pertenece completamente «al Señor, sin división» (7,35).
Aquí Pablo utiliza una cierta diferenciación. Lo que hemos considerado antes vale para todos los cristianos en general; y Pablo vuelve a interpretar, poniéndola en el carisma de la virginidad, la pertenencia total del cristiano respecto de Cristo.
En conclusión, podemos decir que Cristo nos purifica, nos da la fuerza de tomarlo como el absoluto. Y una vez que lo tomamos así, él traslada a nosotros su idealidad, su vida, su relación con el Padre. El "don de gracia", el carisma propio de cada uno determina concretamente esta pertenencia. La vida de sacralización compartida con Cristo asume una fisonomía particular, se vive en base al carisma recibido.

En el Apocalipsis
Todo esto lo volvemos a encontrar, repensado, profundizado y aplicado a la vida, en un texto del Apocalipsis, que a mi parecer constituye la base bíblico-teológica más sólida, más madura y explícita, de la consagración vivida en el carisma de la vida religiosa:



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«Miré [lit. vi] entonces y había un Cordero, que estaba en pie sobre el monte Sión,
y con él 144.000 personas,
que llevaban escrito en la frente el nombre del Cordero de su Padre.
Y oí un ruido que venía del cielo,
Como el ruido de grandes aguas
O el fragor de un gran trueno;
Y el ruido que oía era como de citaristas que tocaran sus cítaras,
Cantan un cántico nuevo delante del trono
Y delante de los cuatro Seres y de los Ancianos.
Y nadie podía aprender el cántico, fuera de los 144.000
Rescatados de la tierra
» (Ap. 14,1-3).

Aquí nos encontramos ante un cuadro simbólico tosco, muy denso; cada particular merece una profundización.
El Cordero -primera figura que viene representad- es una construcción simbólica y teológica típica en el Apocalipsis, cuyo termino aparece 29 veces. Como el mismo Autor se apresura a indicarnos la primera vez que habla en (Ap. 5,6), se trata de Cristo, preparado desde el Antiguo Testamento, muerto y resucitado, con toda la plenitud de su eficacia mesiánica, con la plenitud del Espíritu, que él quiere comunicar a los hombres. En síntesis, se trata del Cristo con el que tomamos contacto en la asamblea litúrgica (cfr. Jn 20,19-23).
Cada vez que en el Apocalipsis encontramos el término "cordero", es necesario hacer una pausa y purificar todo este núcleo teológico, para evitar malentender el texto.
Con Cristo-Cordero están 114.000 personas. Este número tiene gran importancia: no debe ser tomado como indicación cuantitativa, sino como un valor simbólico. Es necesario hacer notar sobre todo, que, precisamente como número, éste representa una parte del pueblo de Dios, contrapuesta a la gran multitud, «que nadie podía contar» (7,9). Pero 144.000 tiene sobre todo un valor cuantitativo. Según el simbolismo aritmético del Apocalipsis, este indica, con toda probabilidad, las «12 tribus de Israel» multiplicadas por los «12

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apóstoles del Cordero», y el resultado multiplicado ulteriormente por los «1.000 años», que designan la historia de los hombres, en la que está presente y activo Cristo resucitado.
Se tiene en fin, como un resto de Israel, distribuido en todo el arco de la revelación y de la historia de la salvación, constituido por personas asociadas a Cristo-Cordero que, precisamente como todo el resto de Israel del Antiguo Testamento, compendian en ellos valores religiosos para comunicar después a la multitud del pueblo.
Este compendio de valores religiosos ha sido precisado ulteriormente. 144.000 tienen el nombre del Padre y el nombre de Cristo escrito en la frente: pertenecen totalmente y de manera irreversible a Cristo y al Padre, anticipando de este modo en el tiempo esa pertenencia total que, en la fase escatológica de salvación definitiva, será una característica de todo el pueblo de Dios (cfr. Ap., 22,4). El cuadro simbólico continua: se desplaza de la tierra, del «monte Sión», al nivel de la trascendencia divina, al cielo, donde se proclama un mensaje. El sujeto de la proclamación es Dios mismo, que usando el lenguaje del Antiguo Testamento, el Autor caracteriza la voz como «voces de muchas aguas y voces de truenos potentes».
Lo que Dios expresa hablando, se comprende rápidamente a nivel de trascendencia. Hay un salto de alegría. El mensaje de Dios se convierte en canto y música «como citaristas que suenan sus cítaras».
¿Pero cuál es el contenido de un mensaje tan importante de llegar a comprometer personalmente a Dios y de suscitar, a nivel de su trascendencia donde se encuentran los citaristas, este regocijo festivo? El cuadro simbólico continua y se determina: los citaristas cantan "un cántico nuevo".
Esta expresión celebra, en los salmos de donde se ha tomado (Sal 33,3; 40,4; 96,1; 98,1; 144,9; 149,1), la novedad de Dios que se realiza en aumento en el ámbito de la historia. En el Apocalipsis esta novedad está relacionada muy estrechamente con Cristo. El "cántico nuevo" expresa toda la frescura, la novedad de Cristo-Cordero que, con toda la eficacia mesiánica de la que está dotado, lleva adelante la historia de la salvación.
Pero a este punto el cuadro simbólico nos reconduce sobre la terna y se concluye. El "cántico nuevo" puede ser aprendido sólo por

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los 144.000, incluso encontrándose todavía sobre la tierra, son, en cierto sentido, separados y distintos, "rescatados", precisamente como grupo aparte.
Éstos tienen poder, podremos decir, un oído particular, una sensibilidad, una afinidad con Cristo y con Dios que les permite percibir adecuadamente el mensaje glorioso de Dios que Cristo presenta a los hombres. Una vez aprendido el cántico nuevo, ellos serán capaces de enseñarlo a los otros.
Así el cuadro simbólico viene descodificado. Pero surge espontáneamente una pregunta: ¿Quiénes son, dónde se encuentran concretamente, actualmente, los 144.000? el autor del Apocalipsis tiende a dar una respuesta precisa e indica tres categorías en las que se realizan los valores atribuidos a los 144.000.
Según su estilo habitual, cuando se trata de hacer un pasaje interpretativo -hermenéutico, del contenido del símbolo a la historia concreta-, el Autor introduce tales categorías con la expresión: «Estos son...» Examinemos, pues, el texto de cerca:

«Estos son
los que no se mancharon con mujeres,
pues son vírgenes.
Éstos [son]
Siguen al Cordero a dondequiera que vaya,
y han sido rescatados de entre los hombres
como primicias para Dios y para el Cordero,
y en su boca no se encontró mentira:
no tienen mancha!» (14,4-5).

La primera categoría tiene un lenguaje particular. En el Antiguo Testamento la relación sexual -tomado como acto lícito o ilícito que esté bajo el perfil moral- constituía una contraindicación para ciertas actividades litúrgicas, una "mancha", que duraba por un cierto tiempo.
Tomando el punto de esta usanza del Antiguo Testamento -difundida también en otras áreas culturales antiguas, como la latina-, el Autor indica claramente donde se encuentra una primera categoría

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que realizan los 144.000: se trata de aquellos que tienen el carisma de la virginidad.
Como tales, éstos se encuentran en un estado de sacralidad, de santidad dilatada sin solución de continuidad. Son afines a Dios y a Cristo y tienen así la capacidad de percibir los valores de Cristo expresados en el cántico nuevo, con toda la plenitud y frescura que estos valores comportan.
La segunda categoría presenta un seguimiento que desarrolla la de los Evangelios sinópticos y del Antiguo Testamento y en un cierto sentido la supera. Este seguimiento es actuado por los que en el presente continuado de la vida eclesial están siguiendo a Cristo como Cordero, es decir, Cristo muerto y resucitado, ocupado activamente en la historia de la salvación, que debe llevar adelante.
Se trata de un seguimiento que podríamos definir "apostólico", practicado a tiempo pleno y con una disponibilidad sin límites. Los que se encuentran de hecho en esta categoría, tendrán una sensibilidad, una prontitud particular a percibir la novedad de Cristo y a presentarla a los otros.
La tercera categoría expresa lo máximo de la radicalidad en el actuar en la vida de cada día la verdad de Cristo. Se trata de personas separadas y distintas de la multitud de hombres y que representan, justo con respecto de los otros, las primicias de una cosecha que los comprenderá a todos.
La verdad-valor, los principios, las palabras y las acciones de Cristo, todo lo que concierne de cerca Cristo constituye la sustancia de sus vidas. No existe en ellos rastro de falsedad respecto a la verdad de Cristo. Ésta es una prospectiva embriagante para el Autor, que exclama, concluyendo: «No tienen mancha».
Como se ve, esta tercera categoría no es perceptible por el exterior, sino que se funda toda sobre la interioridad de las personas que la constituyen. Éstas sabrán de veras escuchar a Cristo, el cántico nuevo, desde dentro.
Hay una última observación que hacer. Estas tres categorías son presentadas como distintas. Cada una contiene armónicamente una capacidad, un oído particular para aprender el cántico nuevo. Y,



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cada una realiza, a su modo, la pertenencia irreversible a Cristo y al Padre.
Incluso siendo cada una de ellas válidas separadamente de las otras, las tres categorías se pueden sumar entre sí. Especialmente la tercera no puede ser imaginada separada por las otras dos. Y sumando las características de las tres categorías, se suma y se multiplica también la capacidad de aprendizaje del cántico nuevo.
Si ahora miramos este fragmento en su conjunto, es fácil reconocer, como en el "resto de Israel", muchas situaciones eclesiales actuales. Entran todas las formas de vida religiosa; entra la vida sacerdotal; entran todos los que se dedican a un apostolado a tiempo pleno. Éste fragmento es el punto de llegada de aquel desarrollo de la reciprocidad entre Dios y los hombres que hemos visto ya en el Antiguo Testamento.

Conclusión

Queriendo sintetizar el camino recorrido, podemos usar un esquema que nos hace pensar en una pirámide a escalas, como la de Saqqarah.
Partiendo de nuestro carisma, que hace de nosotros una de tantas formas de vida religiosa presente y operante en la Iglesia actual, nos hemos preguntado sobre todo, cual es el sentido bíblico de la consagración, que es nuestro denominador común. Así hemos descubierto la exigencia de la reciprocidad, de la apertura total respecto a Dios, con sus diferentes imágenes y sus implicaciones. Vivir juntos una sacralización, la consagración, ha aparecido como una maravillosa convivencia con Dios, formada de pertenencia recíproca. El Antiguo Testamento representa el primer escalón de esta pirámide.
La pertenencia recíproca del Antiguo Testamento ha sido después toda renovada en la centralidad de Cristo el Señor, típica del Nuevo Testamento. Las exigencias del seguimiento incondicional, la acción de purificación y de vitalidad que Cristo, presente y activo entre nosotros, ejercita respecto a nosotros han aparecido como condensadas -según las indicaciones de Pablo- como don de gracia

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específico, en un "carisma". Pensando en el nuestro, hemos advertido la exigencia de hacer nuestra la exhortación de Pablo: «Trato asiduo con el Señor, sin división» (1ª Cor. 7,35). La consagración es una convivencia, un compartir la santidad con Cristo mismo. Este es el segundo escalón de la pirámide.
Hemos llegado así al vértice de la pirámide, en el fragmento de Ap. 14,1-5 nos ha mostrado nuestra identidad específica: nosotros estamos llamados a anticipar funcionalmente la pertenencia escatológica a Cristo y al Padre, para poder aprender así el "cántico nuevo", que expresa la frescura inaudita de Cristo que tiende a realizarse en nuestra historia. El cántico nuevo aprendido tendrá que ser enseñado luego a los otros.
Así en estas tres categorías vemos reflejada la esencia específica, incluso sin las formas jurídicas de la consagración y de la vida religiosa. Esta es nuestra carta de identidad bíblica.




























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