COLLEGIUM INTERNATIONALE SANCTI BERNARDI IN URBE
P. Ugo Vanni, S.J.
Prof. De exégesis del N.Testamento en el Pontificio Instituto Bíblico y en la Universidad Gregoriana
FUNDAMENTOS BÍBLICOS DE LA VIDA
RELIGIOSA
Apuntes y notas para el
Curso de Formadores de la Orden Cisterciense
(Pro manuscripto)
Curia General de la Orden Cisterciense
ROMA - 2002
FUNDAMENTOS BÍBLICOS DE LA VIDA RELIGIOSA
P. Ugo Vanni, S.J.
Curso de Formadores de la Orden Cisterciense
Roma - 2002
Introducción
¿Cuáles son los fundamentos bíblicos de la consagración religiosa? Habitualmente hay dos posiciones extremas:
la de quien busca en la Biblia las formas de la vida religiosa; y la de quien en cambio cree que en la Biblia
no se encuentra ni siquiera el fundamento, la consagración. Son frecuentes dos posiciones contrarias: aquella
de quien busca en la Biblia las formas de la vida religiosa y, por el contrario, la del que sostiene que no
encuentra, ni siquiera, el fundamento de la misma, la consagración. Por esto, interroguemos directamente a la
Biblia y precisemos seguidamente nuestro punto de partida.
Interroguemos, por tanto, directamente a la Biblia, y precisemos en seguida
nuestro punto de partida.
¡Nos encontramos frente a tantas formas de vida religiosa, aparecidas en el marco
de la historia de la Iglesia!; se trata de una inmensa riqueza, de una primavera que se renueva siempre. Se
habla también de carismas. ¿Pero de qué se trata? Los términos bíblicos son el efecto de un don, una señal
concreta de la benevolencia particular de Dios y del Espíritu. Todos los carismas que han aparecido en la
Iglesia son una expresión de esta bondad particular de Dios y del Espíritu. Los consagrados son portadores
de muchos carismas diferentes, pero todos son fruto de la benevolencia y bondad de Dios.
Partiendo de estos carismas, interrogaremos entonces a la Biblia para ver cual
es la relación que estos carismas tienen con la Palabra de Dios. Este es nuestro punto de partida.
Podemos encontrar en la Biblia los fundamentos de la consagración religiosa,
¿existe un denominador común de todos los carismas? La respuesta a esta pregunta es afirmativa. Pero con una
condición: la de ver en la Biblia un tipo de vida sagrada, que viene propuesta, en continua evolución, a partir del Antiguo Testamento, pasando por el Nuevo, hasta la conclusión más clara y sintética presente en el Apocalipsis.
En el Antiguo Testamento
En el Antiguo Testamento leemos que el pueblo de Israel es considerado por Dios su propiedad. Se trata de una
expresión sorprendente: Israel es un pueblo "propiedad de Dios", un pueblo de adquisición.
Examinando de cerca esta realidad, vemos que existe entre Dios y el pueblo una
reciprocidad continua, una apertura sin límites. Dios entra en la vida del pueblo no como un elemento de estorbo,
sino como un elemento que enriquece. El pueblo no puede estar sin Dios, pero en un cierto sentido, ni siquiera
Dios puede estar sin el pueblo.
Una vez que Dios se ha comprometido a ser el Dios de Israel, el pueblo lo debe
seguir. Existe, por tanto, una relación que, sin exagerar, podemos definir de "pertenencia recíproca", que
encontramos codificada en la alianza. A este propósito existe en la Biblia una expresión significativa: «Yo
soy vuestro Dios; vosotros sois mi pueblo». Aquí está toda la reciprocidad entre Dios, que
se da al pueblo, y el pueblo, que se ha abierto continuamente a Dios.
Pero podríamos preguntarnos: ¿Qué tiene que ver este discurso con la
consagración?. No hacemos aquí una cuestión de términos, sino de contenido. Toda la vida del pueblo de Dios es
una vida vivida en sintonía con Dios; no existe parte alguna de ella en la que Dios pueda ser excluido. Aquella
parte que eventualmente se separase se volvería muerta, inerte.
Dios está presente en toda la vida del pueblo, en todos los detalles. Sin él
tendríamos un pueblo distinto, un no-pueblo. En efecto, cuando el pueblo se aleja de Dios, cuando aparecen las
tensiones o de hecho las enemistades, se daña la reciprocidad.
¿Qué puede significar entonces la consagración desde esta
óptica del Antiguo Testamento?. Significa la apertura reciproca entre
el pueblo y Dios y, entre Dios y el pueblo, es esta pertenencia recíproca. Es un "vivir juntos" una situación
sagrada.
En este marco global del Antiguo Testamento existen algunas consideraciones a
tener presentes y que ayudan a clarificar el tema.
Una primera consideración es la del templo. A un cierto punto de la
historia de Israel aparece y se impone el templo. Éste es reconocido por todos como el lugar en donde se
ofrecen los sacrificios y en donde se produce el encuentro con Dios: el hombre sale de su profanidad y se
encuentra directamente con Dios; y Dios, casi superando las barreras de su trascendencia, se pone a disposición
del hombre. Recordemos las grandes peregrinaciones, las grandes fiestas, todas centradas en el templo. El pueblo
sale de su vida ordinaria, se encuentra con Dios, se purifica, ofrece sacrificios por los pecados y por todo
aquello que haya podido romper la alianza con Dios. En fuerza de este contacto con Dios, sale todo renovado,
nuevamente lleno de la voluntad de ser él mismo y vuelve a la vida cotidiana.
Siempre en el contexto del templo, podríamos resaltar otro elemento que
interesa a nuestro argumento: la función del sacerdocio. El sacerdocio se constituye en el templo,
precisamente para favorecer esta reciprocidad entre Dios y el pueblo. Los sacerdotes ofrecen sacrificios para
deponer los obstáculos a la reciprocidad, presentes por la faltas y pecados del pueblo. Cada pecado es considerado
como un espacio negado a la presencia de Dios en la vida del pueblo. Cuando el pueblo toma conciencia, se dirige
al sacerdote, el que media entre Dios y con sacrificios colma la laguna que se ha creado. De este modo se
restablece el entendimiento, como vemos en las grandes celebraciones litúrgicas.
Otra consideración de tener presente es aquella del seguimiento de Dios.
Se trata de un motivo teológico recurrente. En el desierto el pueblo debe seguir a Dios, que le da siempre la
señal de moverse o detenerse. Cuando el pueblo no sigue las indicaciones de Dios, se da la ruptura. Así, por
ejemplo, la tentativa de entrar en la tierra prometida antes de recibir la señal por parte de Dios, se resuelve
en una clamorosa derrota.
Precisamente en el "seguimiento", en el abandono, en el fiarse plenamente de Dios Israel se realiza como pueblo.
Fuera de este contacto con Dios existe el vacío del fracaso.
Un ulterior aspecto importante, relacionado con el sacerdocio y con el templo,
es el de la novedad. Cuando el pueblo se presenta a Dios en el templo, se renueva. Este renovarse no es
un simple restablecerse en su lugar, aunque indudablemente eso representa un primer paso: hay algo que quitar,
hay obstáculos por remover. Pero existe también algo nuevo: nuevas perspectivas, nuevas solicitudes. Parece que
el pueblo sea empujado por Dios hacia nuevos caminos, hacia nuevos avances, hacia nuevas metas.
Hay una especie de torbellino de parte de Dios, que está expresado en el
Antiguo Testamento en la categoría bíblico-teológica de la "novedad".Es aquel más de Dios que el pueblo está
siempre en grado de recibir. Dios se comunica; el infinito no puede ser acogido en un contenedor humano. Dios
entonces, ofreciendo y pidiendo cada vez más, agranda, presiona sobre el continente humano.
Concluyendo, podemos decir que la consagración, tal como es propuesta en los
diversos carismas de la vida religiosa cotidiana, encuentra una correspondencia de fondo en la reciprocidad
irrenunciable entre Dios y el pueblo elegido del Antiguo Testamento. Una reciprocidad, ésta, que es vitalizada
por la mediación del templo, tiene un carácter dinámico de disponibilidad y tiende a una integración siempre
más estrecha entre Dios y su pueblo. En el Antiguo Testamento esta consagración era una nueva llamada e
inculcada por la ofrenda de los primogénitos y de las primicias.
En el Nuevo Testamento
En el Nuevo Testamento se deduce la centralidad de Cristo, que viene llamado, sobre todo en Pablo, «nuestro Señor». La expresión "el Señor" no pretende indicar un amo despótico, más bien tiene una notable carga bíblico-teológica. El uso que Pablo utiliza es significativo. En los LXX el término "Kyrios" ("Señor") traduce más de 6.000 veces el nombre de Dios.
En el himno cristológico del capítulo 2 de la carta a los Filipenses se afirma que «Jesús es el Señor».
Cristo es colocado al nivel de Dios. En efecto, «toda rodilla se doble ante él», como se dobla delante
de Dios.
Cristo Señor ha tomado la función que Dios tuvo respecto a su pueblo en el
Antiguo Testamento. Esto no significa que Dios pierda tal función en el Nuevo Testamento, pero significa que
ésta es llevada a cumplimiento y puesta a nuestra disposición a través de la mediación, la obra y la persona
de Cristo.
Cristo en cuanto Señor es aquel que hace vivir a su pueblo, es aquel que es todo
para su pueblo y, al mismo tiempo, quiere que su pueblo, la Iglesia, sea todo para él. Recordamos algunas
expresiones de Pablo, por ejemplo esta:
«Cristo ha muerto y resucitado, para que los que viven [es decir, nosotros] no vivan para sí, sino para aquel que ha muerto y resucitado por ellos» (2 Cor 5,15).
La presencia de Cristo y su aceptación por parte nuestra comporta esta
reciprocidad, que es la más radical que se pueda imaginar: nosotros somos todo para Cristo, y Cristo lo es
todo para nosotros. No existe espacio que pueda dividirnos. Todo lo que él es, Cristo lo dona a nosotros;
todo lo que nosotros somos -como personas, como grupo, como Iglesia-, lo referimos a Cristo.
Aquí me refiero de modo particular -sintetizándolo quizá de modo un poco
sumario- a la teología paulina. Para Pablo no existe alternativa: o la vida del cristiano se abre toda al
influjo de Cristo o, si algo se cierra a su influjo, ésta se convierte en un vacío pecaminoso.
También aquí nos puede ayudar algunas aclaraciones, como las que hemos hecho
a propósito del Antiguo Testamento: Cristo es nuestro templo; tiene para nosotros la misma función que el
templo de Jerusalén tenía para el pueblo hebreo. El contacto con Cristo nos libra de nuestra pecaminosidad.
Según el pensamiento paulino, aplicando en nosotros su muerte, Cristo nos libra de todo elemento de
heterogeneidad respecto a Dios y a él.
Pero en el templo, además del elemento de separación, estaba sobre todo la
presencia de Dios: una presencia inmediata, que
contagiaba de sí misma todo el ambiente, las personas y las cosas. El contacto con Cristo-templo contagia, por
así decir, a la Iglesia, contagia al cristiano de la vitalidad de Cristo. De este modo la vida de Dios Padre
que se encuentra en Cristo, particularmente en el Cristo resucitado, pasa a todos nosotros.
Otra puntualización, también vista en paralelo con el Antiguo Testamento, es
la del seguimiento de Cristo. Podemos recordar el episodio del joven rico (Lc 18,18-23), el modo en que él se
presenta a Jesús: «¿Qué debo hacer para entrar en la vida eterna?». Y Jesús le muestra el camino
del Antiguo Testamento: la observancia de los mandamientos. Este personaje los ha observado desde su infancia;
es un hombre perfecto según el Antiguo Testamento. Pero Jesús le dice: «Te falta una cosa: vende todo;
dalo a los pobres, después ven y sígueme». Se trata de seguir a Jesús como el pueblo de Israel debía
seguir a Yahvé. Jesús se presenta como un absoluto; todo el resto es secundario.
Notemos que esta invitación va dirigida a cada cristiano. El cristiano es tal
solo en la medida en que considera a Cristo como valor absoluto. Ésta es una elección irrenunciable: o se
acepta a Cristo como absoluto, o no se le acepta tal como es.
Otra puntualización interesante la encontramos en Jn 17,19. Estamos en el
contexto de la "oración de la hora". Hablando al Padre, Jesús dice, a propósito de los discípulos:
«Y por ellos me santifico, para que ellos también sean santificados en
la verdad».
¿Qué es esta santificación en Jesús? Con toda probabilidad no es únicamente el ofrecimiento que Jesús hace se
sí mismo en la cruz -ésta sería la línea paulina, pero la línea joánica es muy diferente-, sino la vida
vivida de Jesús en sintonía completa con el Padre, de modo que pudo decir: «Yo hago siempre lo que le
agrada a mi Padre» (Jn 8,29).
Esta disposición continua, esta reciprocidad sin límite entre Jesús y el Padre
es lo que constituye el estado de santificación de Jesús. Cuando él afirma: «Por ellos me santifico»,
quiere decir:
"Siempre estoy a disposición del Padre con una apertura total y gozosa, entusiasta, hecha de amor respecto al
Padre".
Pero esto Jesús no lo hace sólo para sí; en seguida añade:
«Y por ellos me santifico, para que ellos también sean santificados en
la verdad».
Este tipo de santificación, de sacralización vivida junto con el Padre -de
consagración, podríamos decir-, que Jesús realiza personalmente, tiende a transferirse a los discípulos. Existe
a propósito un movimiento que va de Jesús a los discípulos.
Hagamos una última puntualización, tomando un texto difícil de Pablo. En 1Cor.
7,25-34 él afronta un problema particularmente candente en Corintio: la elección de la virginidad.
Precedentemente ha hablado de la variedad de carismas: «Cada uno tiene su propio don [carisma] de Dios,
quien de un modo, quien de otro» (7,7). Pablo ve la virginidad como un carisma, es decir como un regalo
de la bondad benévola de Dios. ¿Pero cómo la interpreta?. Él afirma: «La virgen es santa en el cuerpo y
en el espíritu» (7,34). "Santa quiere decir que pertenece completamente «al Señor, sin división»
(7,35).
Aquí Pablo utiliza una cierta diferenciación. Lo que hemos considerado antes
vale para todos los cristianos en general; y Pablo vuelve a interpretar, poniéndola en el carisma de la
virginidad, la pertenencia total del cristiano respecto de Cristo.
En conclusión, podemos decir que Cristo nos purifica, nos da la fuerza de
tomarlo como el absoluto. Y una vez que lo tomamos así, él traslada a nosotros su idealidad, su vida, su
relación con el Padre. El "don de gracia", el carisma propio de cada uno determina concretamente esta
pertenencia. La vida de sacralización compartida con Cristo asume una fisonomía particular, se vive en base
al carisma recibido.
En el Apocalipsis
Todo esto lo volvemos a encontrar, repensado, profundizado y aplicado a la
vida, en un texto del Apocalipsis, que a mi parecer constituye la base bíblico-teológica más sólida, más
madura y explícita, de la consagración vivida en el carisma de la vida religiosa: