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todo se arreglarla volviendo simplemente a este modelo con la claridad que le es propia y la disciplina que deriva de él.
Pero debemos añadir que, de hecho, este modelo crea serios problemas no solo a nivel psicológico y formativo, como hemos visto, sino también a nivel de vida espiritual y de una correcta interpretación del mensaje cristiano, corriendo el riesgo del perfeccionismo y del legalismo. Quien entiende la perfección en términos excesivamente realistas e inmediatos, privilegiando los comportamientos, se arriesga a caer en el síndrome de la observancia formal, de la ley por la ley, que el mismo Jesús ha discutido con una especial fuerza y que Pablo siguió atacando con similar pasión; en efecto, la pretensión de alcanzar la perfección a base de los propios esfuerzos, hace inútil la cruz de Cristo.
Así pues, este modelo no soporta la renovación introducida por el Concilio Vaticano II.

2. MODELO DE AUTORREALIZACIÓN

Este modelo, típico de los años que siguieron al Vaticano II, se comprende situándolo en el contexto y en el periodo histórico en el que surgió, de manera más o menos informal. En efecto, por un lado, supone la inevitable consecuencia del modelo de la perfección o la reacción derivada de él; por otro marca una ruptura muy fuerte respecto al mismo.

¿En qué consiste? En poner, en primer lugar, la propia identidad en los dones y cualidades personales (a nivel físico, psíquico y moral), presumiendo de ser el artífice del propio ser y de sus valores (el tipo que se ha llegado a ser), y en el perseguir la realización de los propios talentos y la capacidad como objetivo primero de la vida y condición y garantía de la autoestima.

2.1 - El Yo al comienzo, en medio y al final

Considerar la autorrealización como el objetivo de un proceso formativo religioso o sacerdotal, en realidad significa transferir al

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ámbito psicológico todo lo que anteriormente se refería y aplicaba al terreno espiritual. En ese sentido, y más allá de toda apariencia, la autorrealización y la tensión autoperfeccionista no son términos contrapuestos. En el caso de la autorrealización se subraya que el aspecto psíquico es totalmente inmanente al sujeto; el segundo, se mueve en el ámbito trascendente y espiritual, muchas veces con la misma lógica y buscando el mismo objetivo; la lógica del yo constructor de sí mismo, con las propias ayudas y circunstancias, para lograr una aceptación y realización de si hecha a base de las propias manos y compuesta de resultados visibles más o menos manifiestos. Siempre está el yo en el origen, el centro e incluso al término de todo. En el caso de la perfección es un yo que se alimenta de contenidos espirituales y camina hacia objetivos nobles; en el caso de la autorrealización es un yo muy preocupado de sus cualidades, dones y talentos y de la propia estima y que teoriza la primacía de la realización sobre todo el resto (incluida la formación espiritual), o al menos pone la realización como condición para la propia estima y el sentido de satisfacción personal, de la felicidad personal.
Se cambian los contenidos, pero permanece el estilo y el dinamismo intrapsíquico, lo mismo que sucede cuando se pasa de un extremo a otro en un movimiento pendular que ha caracterizado frecuentemente este tiempo de cambios inciertos y, a veces, peregrinos.

2.2 Aspectos positivos

Finalmente, en el campo de la formación sacerdotal y religiosa este cambio de sentido más o menos visible, ha producido también grandes cambios tanto en el ámbito de la teoría como en el de la práctica operativa de la pedagogía formativa, de naturaleza y signo positivo. Veamos, por ejemplo, la recuperación de la centralidad del sujeto frente a la concepción prioritariamente masivo-pasiva y homologante del grupo, que consistía, en algunos casos, en alistarse en el colectivo o en esconderse para evitar algunas llamadas; o también la relación más equilibrada entre naturaleza y Gracia, entre dones del Espíritu y capacidades individuales; una relación que va más allá del simple y hasta ahora dado por supuesto "la Gracia supone la naturaleza"; e incluso, la atención a temas importantes en

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el ámbito psicológico pero con inevitables repercusiones sobre lo espiritual como la identidad propia, la estima personal o la autorrealización; o también, la valoración de la propia humanidad, de un cierto desánimo y falta del sentido de la vida.., falsamente entendidos por una en6nea concepción de la espiritualidad, como ajenos o directamente contrarios a una auténtica vida en el Espíritu.
A todo esto ha contribuido, sin duda, la introducción de las ciencias humanas en el contexto de nuestros ámbitos formativos. Pero también se han corrido riesgos notables, riesgos de error de visión, de énfasis excesivo, de desequilibrios de apreciación, de unilateralidad desesperante. Con consecuencias de cierta importancia. Veamos algunas, siempre desde el punto de vista de la formación de los sacerdotes y religiosos.

2.3- Aspectos contradictorios: el talento como limitación

Cuando la orientación es sólo o especialmente la autorrealización, se da a la capacidad personal una importancia extraordinaria y todo se enfoca a la realización de esta capacidad como si fuese lo más importante y el aspecto más relevante de la propia identidad. La opción vocacional, por ejemplo, viene determinada por los propios talentos; el sujeto no podrá escoger (y escogerse) fuera de ella, ni en adelante hacer ninguna opción o aceptar ninguna propuesta, si no tiene la certeza de poder lograr el éxito en la petición que se le ha hecho, apenas sin libertad para arriesgarse, para intentar cosas diferentes, para apuntar más alto. Así, el don se convierte, paradójicamente, en un límite para la propia realización mientras que el individuo que quería autorrealizarse se ve obligado a autorrepetirse en una obligación (o.clonación) que debe volver a ejecutar.

2.4- Dependencia del rol y del resultado

También, quien hace de la autorrealización su meta existencial se arriesga, sin darse cuenta, a hacerse dependiente de cosas sin importancia, de situaciones, personas, ambientes. Ante todo su propia

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estima depende del rol que desempeñe o del contexto en el que pueda manifestar sus dones, separado de ambos se pierde y se siente inútil; llegará a sentirse cada vez más necesitado, de modo exagerado, del resultado positivo o del reconocimiento de los demás, temiendo el fracaso como un fallo personal y cuidando en exceso su imagen social como algo que le da seguridad, con todo lo que ella significa ( títulos, protagonismo, competitividad y rivalidad en las relaciones, envidia y celos...), obviamente tendrá grandes problemas para reconocer los propios límites morales y para vivir una auténtica conciencia de pecado, puesto que rebajará más la ya débil estima personal con la consecuencia de no poder experimentar la misericordia del Señor y, por tanto, convertirse en la práctica, en un ser antisocial.

2.5- De la autorrealización al complejo de inferioridad

Resulta divertido y al mismo tiempo triste que toda esta preocupación por llegar a la autorrealización no logre resultados y termine por producir el efecto contrario, la pérdida de la confianza en si mismo, como quien estando bebiendo continuamente, tiene la sensación de estar muerto de sed. Y así, la tensión que la autorrealización produce, corre el riesgo de producir un sentimiento o complejo de inferioridad.
Basta un poco de sana psicología para comprender el por qué: El ser humano no se encontrará nunca suficientemente conocido, no satisfará nunca su necesidad de estima haciéndola el objetivo inmediato y prioritario de su actuación, tampoco haciéndose la ilusión de que desde el exterior pueda venir una solución a su problema que es el de la identidad y la autorrealización.

Y más si el ser humano en cuestión ha optado por consagrarse al Dios de Jesucristo, a imagen del que no se ha buscado a sí mismo y su gloria, sino la salvación de los hombres y la gloria del Padre, realizando ambas cosas y (realizándose) cuando fue elevado en la cruz que es la cumbre misteriosa de toda realización humana.
Digamos que el modelo de la autorrealización no ha desaparecido en el periodo inmediatamente posterior al Vaticano II, se mantiene aún en buenas condiciones. Y es importante, sin embargo, subrayar que

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posee un notable poder de atracción sostenido y promovido por una cultura que alienta cada vez más el sentido del subjetivismo individualista como una tentación de la que nadie se escapa y que, como toda auténtica tentación, es desleal y engañosa, y no se deja reconocer como tal. Los talentos personales, ¿no son, acaso, dones de Dios para disfrutarlos? Es muy sutil el límite entre el uso de los dones que Dios nos da para el Reino y la apropiación narcisista de los mismos. La ambigüedad de la autorrealización se mantiene aún, por tanto, confundiendo la mente y el corazón de quien está llamado a consagrarse a Dios, como un camino sin salida o un sendero cortado. Es fundamental durante el tiempo de la formación inicial realizar una clarificación del sentido de la identidad y de la orientación del sendero que conduzca a la certeza de una identidad sustancial y establemente positiva.

3- EL MODELO DE LA ACEPTACIÓN

El modelo más objetivo y realista de comprender el interior, respecto a los dos presentados previamente, es el que podemos denominar el modelo de la aceptación. El término está tomado del ámbito psicológico y psicoterapéutico, de modo especial del área de la psicología humanista que defiende la importancia de mirarse con ojos de benevolencia, sin la autocondena propia del modelo de la perfección, que lentamente conduce a una baja autoestima o directamente al rechazo de si mismo; ni el furor narcisista del modelo de la autorrealización que termina desviándose hacia el ideal sacerdotal-religioso.

3.1- Conocer la propia realidad y negatividad

Más en concreto, según este modelo, toda la realidad interior (el yo llamado actual) es reconocida e incluso identificada incluyendo su componente negativa, la que no corresponde al yo ideal. Reconocerla quiere decir nombrada, admitir sus partes más débiles e identificar las zonas de esclavitud y vulnerabilidad.

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