posee un notable poder de atracción sostenido y promovido por una cultura que alienta cada vez más el sentido del subjetivismo individualista como una tentación de la que nadie se escapa y que, como toda auténtica tentación, es desleal y engañosa, y no se deja reconocer como tal. Los talentos personales, ¿no son, acaso, dones de Dios para disfrutarlos? Es muy sutil el límite entre el uso de los dones que Dios nos da para el Reino y la apropiación narcisista de los mismos. La ambigüedad de la autorrealización se mantiene aún, por tanto, confundiendo la mente y el corazón de quien está llamado a consagrarse a Dios, como un camino sin salida o un sendero cortado. Es fundamental durante el tiempo de la formación inicial realizar una clarificación del sentido de la identidad y de la orientación del sendero que conduzca a la certeza de una identidad sustancial y establemente positiva.
3- EL MODELO DE LA ACEPTACIÓN
El modelo más objetivo y realista de comprender el interior, respecto a los dos presentados previamente, es el que podemos denominar el modelo de la aceptación. El término está tomado del ámbito psicológico y psicoterapéutico, de modo especial del área de la psicología humanista que defiende la importancia de mirarse con ojos de benevolencia, sin la autocondena propia del modelo de la perfección, que lentamente conduce a una baja autoestima o directamente al rechazo de si mismo; ni el furor narcisista del modelo de la autorrealización que termina desviándose hacia el ideal sacerdotal-religioso.
3.1- Conocer la propia realidad y negatividad
Más en concreto, según este modelo, toda la realidad interior (el yo llamado actual) es reconocida e incluso identificada incluyendo su componente negativa, la que no corresponde al yo ideal. Reconocerla quiere decir nombrada, admitir sus partes más débiles e identificar las zonas de esclavitud y vulnerabilidad.
Por tal motivo es evidente la importancia de esta fase en un camino verdaderamente educativo.
Donde lo primero que hay que hacer es, precisamente, reconocer las inconsistencias, las zonas de la personalidad especialmente
cerradas a la acción del Espíritu, a nivel consciente e inconsciente y donde se debe trabajar sin limitarse a condenarlas y
pretender destruirlas, incluso con la ilusión de salir vencedor. Está claro que cuanto más precisa es la identificación de
la propia debilidad más eficaz podrá ser el trabajo de purificación y de conversión.
Es aquí donde debemos destacar la segunda fase, la de la verdadera aceptación de sí mismo. que quizá es más clara porque se
fija más en lo que no es que en lo que verdaderamente es
3.2- Reconocerse criatura
Aceptar y aceptarse quiere decir, ante todo, no pretender eliminar la propia componente negativa,
no presumir de poder eliminarla con las propias fuerzas, desde un punto de vista creyente, y mucho menos creerse capaz de
programar tiempos reservados para resolver todos los problemas hasta el punto de no darse cuenta de los reclamos o estímulos
de las propias tendencias inmaduras. Serán todas ellas expectativas irreales que nunca encontrarán respuesta en la realidad.
El modelo de la aceptación acentúa la exigencia de reconocer en los propios limites el signo de la finitud existencial, del
propio ser criatura, todo lo que está destinado a permanecer para siempre y que no tendría sentido combatirlo con el objetivo
y la seguridad de erradicarlo. Bajo el punto de vista de la fe la limitación puede considerarse como lo que posibilita la
recuperación de la propia identidad, como aquello a través de lo que pasa el misterio del yo personal; pero es también lo que
me pone de rodillas y me fuerza a pedir a Dios que se compadezca de mi, pobre pecador; finalmente la limitación me posibilita
vivir y convivir con los límites de los otros, sin escandalizarme, sin sentirme superior a nadie, sin ponerme rígido y hacerme
el duro frente a la debilidad del hermano.
3.3- Riesgos y contradicciones: inmovilidad y mediocridad
Pero este modelo enmascara también un riesgo: que la aceptación termine provocando una especie de
tácito y práctico consenso con la propia negatividad, como un solución tranquila y cómoda, o lo que la psicología moderna llama
situación de "egosintonia", o también de una progresiva autojustificación de la propia situación con una pérdida, simultánea,
de la conciencia penitencial, o con el peligro de perder el sentido de culpa y, sobretodo, la conciencia de pecado (incluso
siendo diferente el límite psicológico del moral), con todo lo que tal conciencia significa: dolor, amargura, arrepentimiento,
vergüenza, propósito... Por otro lado para nadie es nuevo que esta es la cultura en la que vivimos, una cultura que cada vez
admite más la indiferencia ética, que ridiculiza a quien de un modo u otro se culpabiliza y no confía en si, (pseudo) cultura
que no sabe distinguir el mal del bien y tampoco sabe pedir renuncias y sacrificios para salir de un hábito y corregirse.
Recuerdo en ese sentido la observación del rector de un seminario regional:" "mis primeros clérigos pasaban desapercibidos en
el seminario..."
Efecto nefasto de una cultura aburguesada y confusa sería, por tanto, junto a la actitud "egosint6nica" en la confrontación de
las propias debilidades (opuesta a la "egoalienadora", sobre la que volveremos a insistir), la pérdida incluso, de la motivación
para cambiar, para convertirse, con la consiguiente situación de estancamiento, de inmovilidad a nivel psíquico y espiritual.
¿Para qué cambiar y convertirse si el objetivo propuesto, más o menos conscientemente, es la aceptación, que es tan simple y
fácil, si lo que se escucha decir y repetir es que la máxima aspiración de la vida es "ser uno mismo"?. De esta manera, a
veces la aceptación desencadena un proceso mental que va acondicionar también la conciencia y sus juicios haciendo considerar
lícito, o al menos no tan grave, un cierto modo de actuar.
Consecuencia tanto más grave cuanto inevitable, si bien raramente puesta en evidencia, es la mediocridad. El modelo de la
aceptación reafirma y tranquiliza, no provoca ni pone, de manera sana, en crisis, y llega a ser punto de llegada, implícito
modelo formativo que en la práctica, cierra cualquier camino de avance, pone a la persona en
condición de contentarse con lo que es y del punto al que ha llegado, la ilusiona de "ser ella
misma" y la convence que no puede hacer más, incluso le hace comprender que esforzarse podría incluso dañar su salud y
resultar artificioso...
Conviene recordar que todavía hoy la aceptación de sí viene propuesta y señalada, por un tipo de psicología, como la solución
de muchos problemas, como meta, parece a veces un hallazgo novedoso y estratégico; mientras que, en ocasiones, en el aspecto
espiritual se confunde con la auténtica humildad, con el abandono y la consigna de estar en las manos de Dios. Es importante
saber distinguir en el proceso de la formación inicial: la auténtica aceptación de si es sólo una etapa que posibilita la
audacia de cambiar y de continuar el camino, está en función del crecimiento, no de una actitud inmóvil y pasiva. En cuanto
a la humildad cristiana no tiene nada que ver con la inercia y la falta de coraje: el humilde es creativo e ingenioso, sobre
todo porque sabe en quién ha puesto su confianza.
Por tanto, si el modelo de la perfección prioriza el yo ideal con el rigor de sus objetivos, y el modelo de la
autorrealización reduce todo a la medida de los dones y cualidades personales del sujeto, artífice de si mismo;
el modelo de la aceptación parece enfatizar sobretodo el yo actual sin ninguna tensión de crecimiento ni de conversión,
y muestra, por lo tanto una total insuficiencia y ambivalencia en el terreno formativo.
4. MODELO DE LA INTEGRACIÓN
Una clara superación del concepto y de la práctica de la autoaceptación, lo mismo que de los otros dos modelos, la logra el modelo de la integración. Por un lado tal concepto utiliza los últimos avances de las ciencias humanas y de la psicoterapia, en particular, pone de manifiesto cada vez más la función únicamente instrumental y no final de la aceptación de si mismo, por otro, manifiesta también el creciente acuerdo entre las ciencias y las disciplinas clásicas de la formación espiritual, considerando tal idea teológica y psicológica al tiempo.