¿Cómo recuperar el conocimiento de si?
Cfr. SH 52-55 (el papel del educador', 205-212 ( la tarea y el cansancio del joven).
4.1.3- Integración en torno a la cruz
Este es el punto de partida del proceso de integración. Se ha descubierto lo que
estaba en el centro de la vida del joven (sin que él lo supiese) y que ha corrido el riesgo de desviar su camino formativo;
se trata ahora deponer en el centro de su vida lo que es digno de ser lo central de la vida del hombre, es decir, lo que el
Padre-Dios ha puesto en el centro del cosmos como "corazón del mundo".
El elemento decisivo en un proyecto de formación inspirado en el modelo de la integración, está constituido, en efecto,
por un eje central, por algunos valores, ideas, experiencias, convicciones que el sujeto ha descubierto e intuido como
centrales y que está haciendo cada vez más suyas, o en las que reconoce algo de familiar y que al mismo tiempo siente
que debe y quiere inspirar su conducta y sus aspiraciones como el eje de su vida; por un lado está lo que le sostiene y
la da fuerzas, pero por otro está también lo que le provoca como un constante punto de referencia, un permanente criterio
de discernimiento, un denominador común que, de diferentes modos, contiene y expresa las diversas maneras de vivir el
sacerdote o el religioso (el misterio, el drama, la pasión), pero que también tiene necesidad de todas las dimensiones
y potencialidades del vivir humano (respectivamente el logos, el pathos y el eros).
En concreto, se trata de la persona del Hijo, su misterio de muerte y resurrección, el drama de su Pascua, la pasión de sus
sentimientos, como ya hemos dicho, su corazón de Siervo y de Buen Pastor. El Hijo en la cruz (desde el punto de vista de
la teología de Juan) realiza el mayor proceso de integración de la historia, es en si mismo acontecimiento de integración.
Por eso tal referencia teológico-espiritual es también el centro neurálgico que funciona como elemento integrador, y que
debería ser el núcleo central de la vida sacerdotal y consagrada, su centro vital, esto es, lo que la anima y
le confiere identidad y que es indispensable no solo descubrir,
y proponer con claridad en la formación inicial, sino también articular pedagógicamente como polo de atracción y de fortaleza psíquica. En otras palabras, el proceso de integración psíquico puede realizarse solamente en tomo a todo lo que ya ha estado descrito, al menos en teoría, en el centro de la vida cristiana y de la identidad de la vida consagrada y sacerdotal, es decir: Cristo. Porque así le ha parecido bien al Padre-Dios, hacer de Cristo, "el corazón del mundo", el centro no sólo del cosmos, sino de la vida de todo ser viviente, porque en él nos ha elegido, bendecido, predestinado, redimido, recapitulando en él todas las cosas, haciendo la paz con la sangre de su cruz (Cfr Ef 1,3-10; Col 1,15-20) ya que el Verbo se ha encarnado no "para abolir, sino para dar cumplimiento...", para que "todo se cumpla" (Mt 5,17-18).
A esta centralidad cristológica debe corresponder, por así decir, una centralidad psicológica o
psicopedagógica, que en definitiva no es otra que el proceso de "recapitulación" y "reafirmación de la paz" del que habla
Pablo ,operación compleja, que viene de lejos y que debe durar toda la vida, pero que puede y debe comenzar necesariamente
en la formación inicial.
Se tratará entonces, de poner verdaderamente la cruz en el centro de la vida del joven, casi de clavarla en el corazón
para que descubra progresivamente como:
- solamente el misterio de la cruz del Hijo, como signo del mas grande amor alzado en
la tierra, pueda dar sentido (=logos) a todas las cosas, al pasado y al presente, al límite personal y a la debilidad, a
la impotencia y al pecado, a la vida y a la muerte, al sufrimiento y al amor, a su opción vocacional y a toda opción de
vida; y trasformar el mal en bien, lo absurdo en lógico, la ofensa recibida en purificación radical, la enfermedad en una
participación responsable en la salvación, la muerte en vida...;
-solo el drama de la Pascua del Señor, hace sentir la responsabilidad igualmente dramática (= pathos) de la
propia opción, opción que de ninguna manera puede ser delegada, que es la responsabilidad del amor recibido que tiende
por naturaleza a llegar a ser amor entregado;
-sólo el drama de la elección libre de Jesús puede comunicar la fuerza de optar en cada
momento de la vida, de proyectarse más allá de sí mismo poniéndose en las manos de alguien mayor, y de tener
el valor de optar también de una manera libre el don de si, don costoso, hasta las consecuencias más radicales y exigentes.
-solo la pasión de amor manifestada en la cruz puede juzgar la historia personal y orientar el amor (= eros),
formar la conciencia e iluminar los ojos de la mente, poner al descubierto el egocentrismo inconsciente e inconfesado;
puede descubrir el verdadero misterio de la sensualidad y ordenarlo según su naturaleza y riqueza, distinguir ilusiones
y trampas, defensas y reticencias del egoísmo humano, manifestar que el amor lleva los estigmas y si no las tiene, no
es amor verdadero... La cruz es la verdad de la vida1
Por eso atrae (Yo, cuando sea elevado de la tierra, atraer todas las cosas hacia mi), por
eso rehace y reúne todo lo que estaba disperso, dividido y seco, cada fragmento de vida y de humanidad (Cfr. Ez 37, 1-15);
"nada se sustrae a su calor" (Sal 18), ya que la cruz es el centro vivo y cálido entorno al que el joven debe progresivamente
aprender a hacer girar su vida, impulsos, límites, sentimientos, instintos, deseos, proyectos, pasiones, sueños,
realizaciones, etc...
Ese es el icono que la mirada del joven en formación debe mantener fijo durante el camino formativo (Cfr. Jn 19, 37) como
los Hebreos en el desierto.
Creo que este modelo formativo articulado en tres diferentes y convergentes direcciones, construido en tomo a lo que es el centro y está en el centro de la vida humana, podrá en verdad constituir una referencia válida en la actualidad. Ese modelo responde a las exigencias psicológicas de la persona (supone un deseo de logos, pathos y eros que no es posible olvidar y que proporciona un correspondiente recurso de logos, pathos y eros en cada joven), y da respuesta a la identidad y exigencias vocacionales (la vocación de especial consagración es, en si misma, misterio, drama y pasión).
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1 Cfr A. Cencini, la Croce, veritá della vita, Milano 2001
Nosotros, aquí no podremos afrontar las implicaciones concretas del esquema propuesto, pero
quisiera decir alguna cosa más a propósito de la primera integración, la de la debilidad e inconsistencia propias.
Retornemos el discurso donde lo habíamos dejado al comienzo de la descripción de la fase positiva, después de haber
descrito la recuperación del propio conocimiento.
4.1.4- Integración de la debilidad
Conocer e identificar las propias inconsistencias no quiere decir eliminarlas: esto quisiera
el joven, como lo deseaba también Pablo, obligado a confrontarse con el ángel de Satán, que lo abofeteaba y humillaba, y
como quizá quisiera también el formador.
Pero, integrar no quiere decir eliminar, sino acoger y recoger la vida en toda su complejidad, también en su
confrontación interior, como lo experimenta quien toma en serio el propio camino formativo. Se trata de acoger y recoger
todas las propias energías, incluso esa fuerza misteriosa que se esconde en la debilidad, hasta en la propia inconsistencia.
Todo esto se hace posible solamente por la fuerza de un punto de apoyo, de un punto central que consigue mantener unida
la polaridad entre aquellos aspectos que aparentemente son opuestos. Es lo que hace la Cm y que sólo la Cruz puede hacer.
La cruz como misterio
Ante todo, misterio quiere decir ese punto de encuentro, central, que consigue conciliar
en si mismo la polaridad de lo aparentemente contrapuesto. Es como una clave de lectura que permite anudar entre si e
integrar elementos que son opuestos e irreconciliables.
En nuestro caso la debilidad de un ser humano y el ideal de la consagración a Dios, o la santidad y el pecado... En la
cruz nosotros vemos perfectamente realizada esta síntesis: entre el amor de Cristo, por el Padre y por la humanidad
entera, y el pecado del ser humano que el Hijo carga libremente sobre sus espaldas.
Precisamente por esto, misterio no es un algo negativo e impenetrable, tenebroso y casi
hostil.
El misterio es tal porque es excesivamente luminoso, porque esa integración de los opuestos le ha hecho resplandeciente
con una claridad increíble, como una centella que enciende un fuego grande e inextinguible.
Precisamente por esto, el ojo de la mente humana no puede pretender ver y fijar esta luz para comprenderlo todo
rápidamente, sino que puede y debe adaptar lentamente su capacidad visual-interpretativa a la claridad del misterio.
Sin embargo, el misterio es bueno y es amigo, manda continuamente señales y mensajes a quien lo quiere comprender y a
quien, con humildad y paciencia, acude a su escuela para aprender su alfabeto; no es insondable y metálico como el
enigma que no se deja asir por el ser humano y que hace vanos todos sus esfuerzos.
En fin, precisamente por la fuerza de su posición intermedia o del hecho de ser punto
de encuentro, el misterio no es algo frío y aséptico, puramente teórico y abstracto, sino que es un centro "cálido",
porque es en si mismo, rico de energía y calor, gracias al contacto entre las dos realidades que en él se afinan.
Y es precisamente ese encuentro lo que libera una energía sobreabundante, que no es simplemente la suma de dos
cantidades, sino efecto de una suerte de multiplicación de ellos mismos. Por eso el misterio no es sólo una clave
de lectura e interpretación de lo real, sino más bien un dinamismo vital, punto de apoyo, fuerza que se proyecta,
energía que logra solucione, coraje para decidir...
La cruz como logos
La cruz es todo esto: una realidad rica de luz y de calor.
Pero, debe llegar a ser también el logos, es decir lo que da respuesta a la necesidad de sentido de cada ser humano,
punto de referencia y clave de lectura existencial para el joven que ha aprendido a conocerse y experimenta que una
cierta raíz de debilidad y pecado es inextirpable de su vida, y que se topa con la impotencia, él que está
encaminado en una camino de santidad, y reconoce dentro de si monstruos y demonios, él que ha elegido la vía de la perfección.
El joven debe ser ayudado a acoger esta connotación interna desde la cruz de Cristo: síntesis, en máximo grado, es decir síntesis en grado insuperable, de santidad y de pecado, de amor y de egoísmo, de luz y de tiniebla, de divinidad y de humanidad, de poder divino y de impotencia humana, de violencia y de misericordia, de presencia y de ausencia, del sin sentido y del supremo significado.
¿No es acaso la cruz de Jesús el gesto más grande de injusticia de la historia, el más colosal
sin- sentido, y no es al mismo tiempo todo lo que está colmado de sentido, de amor, de justicia redentora? Es sólo esta
contemplación de la cruz como síntesis de los opuestos, lo que puede provocar al joven a hacer lo mismo, o a descubrir y
acoger, en la oposición que vive dentro de si, un sentido fundamental de la vida y de su camino formativo.
Entonces el joven es formado para filtrar de alguna manera su saber y conocer a través de la necedad de la cruz, para que ésta
llegue a ser el punto de encuentro entre su debilidad personal y el poder de la Gracia, y aprenda así a conocerse a sí mismo
a través de ella, a conocer al Eterno, a conocer al otro, a conocer el sentido de su vida y de su vocación.
Esa oposición interna vivida hasta el fondo, no puede ser eliminada, paradójicamente es
preciosa, y no puede ni debe faltar en el camino formativo ( atención a los jóvenes demasiado serenos y tranquilos, nunca
en crisis y sin mayores problemas, "gozo" para los formadores ingenuos...)
En concreto, el joven es educado-formado para "servirse" de su debilidad experimentada en la perspectiva de la cruz:
Para conocerse a sí mismo, y reconocer ante todo la propia identidad, el misterio de su propio yo y de su propia pobreza amada por el Eterno. Se hace necesario, para liberarse progresivamente de sus sueños autoperfeccionistas, de sus ilusiones de autosuficiencia,
de sus narcisismos presuntuosos, y llegar a ser siempre un espacio más libre para Dios, el tres veces Santo; finalmente habitable para Aquel que puede hacer grandes cosas en quien se ha vaciado del propio yo, el Dios que es omnipotente en quien ha experimentado ¡la propia impotencia!
Es necesario para conocer a Dios, liberando la propia percepción de lo divino de toda
distorsión, y experimentar luego la necesidad de la Gracia, o la absoluta necesidad de Dios.
Entonces, es como si la conciencia de su impotencia le enseñase a orar, a dirigirse a Dios con aquella plegaria
esencial, típica el pobre y del humilde: "Kyrie, eleison", y le pusiese de rodillas, como al publicano en el templo,
abandonando para siempre esa presunción que lo hace falso e hipócrita delante a Dios y a los otros. El joven debe aprender
que nada enseña a orar, como la experiencia de su propia impotencia!
Es necesario para conocer al otro, liberando esa percepción de la contaminación del propio narcisismo que es incapaz, por definición, de entender y comprender el tú. El otro sólo es conocido correctamente a partir de la misericordia, y de la experiencia personal de aquella misericordia que está en el origen de la vida y de toda relación, que no permite que nadie se crea mejor que los demás, mientras permite, en cambio, compadecer las enfermedades de los otros. Misericordia que no permite tomarse a sí mismo demasiado en serio y liberarse en cambio de las manías de la autosuficiencia, de aprender a cargar con las debilidades ajenas, recordando bien las muchas veces que cada uno de nosotros somos perdonados y otros han cargado nuestro peso sobre sus espaldas. Aprender, por tanto, a integrar también las debilidades ajenas, a responder al mal con bien, como el Cordero (otro signo grandísimo de integración y de integración del mal), a sentirse responsable del mal del hermano, actuando con sentido de responsabilidad, no sólo con el perdón, sino también con la corrección y ayuda fraterna, con la revisión hecha juntos, con la capacidad de incondicional acogida del otro que conduce al amor del hermano (cfr. Berdjaev: al final de la historia, Dios pedirá cuenta a cada Abel de
lo que ha hecho del hermano Caín...).
Entonces, quien integra el propio mal y la propia impotencia en la perspectiva de la cruz de Jesús, se libera de sus percepciones distorsionadas y de sus irreales expectativas en relación con la propia vocación y con el propio futuro, con la vida comunitaria y con el apostolado. En adelante no mira ya todo ello, ojalá inconscientemente, en función de sí mismo, y de la gratificación de la propia inmadurez e infantilismos, sino para anunciar la fuerza de la Gracia que actúa en la impotencia humana, o la fuerza de Aquel que se deja colgar y sufrir la violencia para salvamos con sus heridas. Cuántas menos crisis cuando se afronta la vida, la vida consagrada, el apostolado, etc, liberando el corazón y la mente de los propios prejuicios, condicionados por las acostumbraras e inconscientes inconsistencias
Llegados a este punto, esa pobreza, sufrida y combatida, está ahora integrada, y se descubre
cargada de sentido, que en absoluto ha de ser eliminada. Así, esa pobreza llega a ser cada vez más útil en el proyecto
formativo, tiene un enorme potencial liberador, se hace confrontación ineludible y prueba creíble de la autenticidad del
camino. Es como una constante presencia para recordar algo que de ningún modo puede ser olvidado ni puesto entre paréntesis.
Cuando este joven que actualmente está en formación llegue a ser apóstol, anunciará el Evangelio de la misericordia no como
un doctor de la ley, o un superman del Espíritu, que sólo tiene que enseñar a los demás, sino como un "sanador herido",
con un conocimiento pleno y sufrido de su propia debilidad, con la fuerza convincente de quien ha experimentado en si
mismo la grandeza y abundancia del perdón, signo de un amor que lo ha precedido y elegido, y por suerte no ha sido medido
con relación a sus méritos. Será una continua integración, en un proceso de formación permanente, cuyo punto de llegada es
la actitud de Pablo que presume de su propias debilidades (cfr. Cor 12,10).
4.2- Los dos dinamismos
Más no sólo la energía aceptada y progresivamente liberada, refuerza el polo positivo, objeto de la intencionalidad consciente. Es un doble movimiento: del centro a la periferia y de la periferia al centro. Gracias a este reciproco y dinámico anclaje, el valor último y transcendente hace al persona libre para acoger las otras dimensiones de su ser, y así la vitalidad que de ellas recibe se convierte en medio e instrumento para vivir más intensamente la pasión central de su vida.
El resultado es el perfil de un santo, hombre integrado, señor de sus energías (pathos y eros) porque ha aprendido con dificultad a tenerlas bajo control; capaz de ternura y de gestos profundamente humanos porque no ha estado formado desde la racionalidad y el control, ni desviado por sutiles narcisismos y presunciones de suficiencia perfeccionista que invaden todo lo que es emotivo. Hombre capaz de desear el bien y de dejarse atraer por él, porque no ha matado sus deseos y su capacidad de amar, tal vez por el miedo de no saber controlar suficientemente la parte "inferior" de si mismo; libre para dar y recibir, para amar y ser amado, para elegir y para renunciar, para la mística y para la ascética.
Para llegar a esta integración, que no es dada en don a nadie, ni es fruto de una síntesis simplemente teórica, es necesario saber reconocer y experimentar los ángeles y los demonios que conviven en nuestra vida. La integración es fruto de avances y retrocesos, de subidas y de caídas, de renuncias y de recuperaciones, hasta el punto de cristalizarse en un centro fuerte que todo lo atrae y armoniza. Cuando el santo se considera un vil pecador, indigno de la salvación de Dios, dice la verdad, porque habla de la dimensión de sombras, de aquellos siniestros meandros en los que habitan encadenados nuestros demonios. En un proyecto de santidad que tiene en cuenta con realismo un cierto modelo antropológico en el que el ser humano no es santo ni pecador (sino ambas cosas), éstos son encadenados, pero no muertos, y es necesario integrarlos continuamente, para que su fuerza no desestabilice el equilibrio del que está en formación, sino que le
ayude a crecer en dirección de la tierra prometida, es decir de su propia identidad, como Dios lo quiere.