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I. QUÉ SE ENTIENDE POR VIDA ESPIRITUAL CRISTIANA

Después de lo dicho en la Introducción, nos parece obligado iniciar nuestro discurso con un primer capítulo dedicado a clarificar qué se entiende, en perspectiva cristiana, por "vida espiritual". De hecho, la espiritualidad del antiguo monacato es una realización concreta de la espiritualidad cristiana. Debemos por lo tanto analizarla a la luz de aquello que es la naturaleza y la estructura de la experiencia espiritual cristiana. Los principios aquí expuestos quieren ser una síntesis esencial, mínima, útil para enmarcar los diferentes aspectos de la espiritualidad monástica por nosotros estudiados.

1. Ambigüedad terminológica

Junto a la ya dicha expresión "vida espiritual" encontramos en la literatura especializada otras muchas, que consideramos sinónimos -si bien no siempre lo son- y que frecuentemente pueden referirse a ella. Su uso es frecuente, como podemos constatarlo, por ejemplo, en los mismos documentos oficiales de la Iglesia, en los documentos del Concilio Vaticano II, y también en los autores del sector4.

Se habla de "devoción" o "piedad" -en alemán es muy usado: "Frömmigkeit"-, de "vida religiosa", "experiencia religiosa". Algunos autores colocan bajo el nombre de "teología mística" el conjunto del desarrollo espiritual; otros en cambio, hablan de "teología ascética" para expresar la misma cosa. En alemán y en italiano los términos "Aszetik" y "ascetica" todavía son corrientemente utilizados en sentido global. Hoy sin embargo se han generalizado -primero en francés y después en otras lenguas- las expresiones "teología espiritual", "espiritualidad", "vida espiritual", "problemas espirituales", "movimientos espirituales", etc. Esta calificación ha sido acogida favorablemente porque abarca bien el entero ámbito de aquello que tradicionalmente se llamaba ascética y mística, sin sugerir la presencia del fastidioso problema de la limitación de


4 Cf. F. GIARDINI La natura della teologia spirituale: Rivista di Ascetica e Mistica 10, 1965, pp. 364-365; G. MOIOLI, Il problema della teologia spirituale: La Scuola Cattolica, Sp. Bib. 94, 1966, 16-18; C. V. TRUHLAR, Structura theologica vitae spiritualis, ed. 3 = Collectana spiritualità 7, Univ. Gregoriana, Roma 1966, pp. 1-4; G: MOIOLI, A proposito di "Teologia spirituale" e del suo insegnamento: La Scuola Cattolica 103, 1974, 624-634.

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fronteras entre estas dos dimensiones de la vida cristiana, que no son separables en modo absoluto. Y también porque expresa con suficiente claridad las operaciones y el fin de todo genuino ascetismo o misticismo esencialmente encaminados a la perfección espiritual del hombre.

El termino "espiritual" no obstante puede ser equívoco. Es necesario comprenderlo bien en referencia, por ejemplo, a la vida sacramental de la que después nos ocuparemos. Esta -como explica s. Tomás en la Suma- nos ofrece ejercicios corporales5, lo que podría hacer pensar en una eventual incompatibilidad entre vida espiritual y sacramento si "espiritual" se entiende como opuesto a material, a corpéreo. Oponer espiritual a material -y lo corporal- como "opuesto" y no "con", y no "junto con" en el sentido profundo de una unidad tal como nos la enseña la antropología bíblica, concluye en una espiritualidad inhumana y no cristiana6. La elección del término "espiritual" tiene por lo tanto una clara referencia escriturística, que es fundamental para clarificar el concepto mismo de vida espiritual cristiana.

2. La vida espiritual según la Escritura

La lengua griega presenta una diferencia entre la vida según la concepción vitalística-natural (zoê) y la carcterizada por una ética, es decir la conducta de vida (bios). Es instructivo que en el NT sea asumido precisamente el concepto vitalístico y empleado para indicar la donación y la comunión de Dios. En el NT bios es poco atestiguado.

El concepto fundamental de vida está presente en todos los escritos de NT. Pablo y Juan son de todos modos los más representativos7.

La concepción de Pablo está influenciada por la resurrección de Jesús (cf. 1 Cor 15,4), demostración de potencia divina frente a la muerte (cf. Rm 14,9). Con la resurrección, Cristo, nuevo Adán, es el iniciador de una nueva vida de la humanidad (cf. Rm 5,12ss). La vida de los cristianos no es tanto vida propia, cuanto vida de Cristo: Cristo vive en ellos (cf. Gal 2,20; Fil 1,21), ellos viven la vida de Cristo (cf. 2 Cor 4,10). La vida de Cristo es para los creyentes una


5 Cf. TOMÁS DE AQUINO, Suma Teológica III, q. 61, a. 1, c. 1. Los sacramentos de hecho son una res corporalis, un signum corporale.
6 Cf. G. GRASSO, Liturgia e spiritualità. Riflessione teologica: AA. VV., Liturgia e spiritualità, Marietti Edit., Torino 1981, p. 26.
7 Resumimos el estudio de H. -G. LINK, vita: Dizionario dei concetti biblici del nuevo Testamento, a cargo de L. COENEN - E. BEY - REUTHER - H. BIETENHARD, Ediciones Dehoniane, Bologna 1976, 2008-2015.

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derivación de la palabra de vida (cf. Fil 2,16; 2 Tm 1,10; Tt 1,2s) y de la potencia creadora del Espíritu vivificante (cf. Rm 8,2.6.10s; 1 Cor 15,45).

La nueva vida de los creyentes (cf. Rm 6,4) no se refugia en la indiferencia y en la ascesis; está más bien al servicio y en consonancia con el presente histórico. Es una vida vivida por Dios (cf. Rm 6,10s) y por Cristo (cf. Rm 14,8; 2 Cor 15,5), a la cual se acompaña un actuar y una conducta concreta (cf. Gal 5,25) testimoniada por el seguimiento y la aceptación de la cruz de Cristo ( cf. 2 Cor 4,9s). Vivir no para sí, conlleva al mismo tiempo vivir en el amor por los otros (cf. Rm 13,8-10; 10,1ss).

La nueva vida es ya presente, pero no todavía plenamente realizada (cf. Col 3,3); es actual, pero al mismo tiempo futura. La nueva vida no se agota en el tiempo histórico, mira a la superación y a la victoria del último enemigo, la muerte, por tanto a la vida eterna (cf. 1 Cor 15, 26.28; Rm 6,22; Gal 6,8).

Juan en cambio interpreta ya el Cristo preexistente cual vida eterna en Dios y para el hombre (cf. Jn 1,4; 1 Jn 1,1s), esto es, fuerza divina de la antigua y nueva creación. El Hijo preexistente del eterno Padre es enviado al mundo para dar al hombre la vida con la palabra y con el testimonio personal (cf. Jn 6,33; 10,10; 1 Jn 4,9).

La vida que proviene de Dios es recibida en la fe (cf. 1 Jn 5,12) y se manifiesta en el amor (cf. Jn 15, 9-17) y en la alegría (cf. Jn 16,20.24).

Juan considera la vida eterna en el presente, uniéndola inseparablemente a la palabra, al mandamiento y a la persona de Cristo (cf. Jn 17,34) Esta vida no conoce la muerte: la vida de Dios comporta un "futuro eterno" (cf. Jn 4,14; 6,27; 12,25) y sólo a los discípulos de Jesús es prometida la plena visión de la gloria divina (cf. Jn 17,24).

Resumiendo, diremos que tanto para Pablo como para Juan el cristiano es participe en la fe de una vida nueva derivada del Espíritu de Cristo. Esta impulsa toda la existencia del creyente y la orienta hacia el cumplimiento escatológico. De este primer análisis del concepto bíblico de vida obtenemos un elemento fundamental de la vida espiritual, es decir su globalidad: la vida espiritual considera unitariamente cada momento y cada sector de la existencia del creyente. Tal característica viene confirmada por el análisis de los conceptos bíblicos cuerpo-espíritu.

A la vida humana pertenecen cuerpo y espíritu. En la Escritura no tenemos dos elementos concurrentes según el dualismo griego; son sin embargo dos afirmaciones complementarias de la vida humana.

La Escritura no se interesa de la naturaleza estática del hombre y de las partes metafísicas que lo componen. Ésta en cambio lo toma en consideración como un ser religioso que está en

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diferentes relaciones con Dios y con el Universo. Si en su descripción ésta se sirve de las palabras "carne", "cuerpo", "alma", "espíritu", etc., siempre está cuestión todo el hombre, considerado en los diferentes aspectos de su existencia terrena. La Escritura toma en consideración al hombre sólo como totalidad. Todas las funciones "corporales" y "espirituales" son atribuidas al hombre entero. La Escritura no conoce una vida sin el cuerpo, que se contrapone como alma inmortal al cuerpo material e incorruptible. El hombre no tiene un cuerpo, sino que es cuerpo. La negación ascética, el desprecio gnóstico de la vida corporal y de sus funciones no tienen ningún fundamento en la tradición bíblica.

En consecuencia, la vida espiritual según la Escritura no está separada de lo corporal, es la potencia vivificante de toda la vida del creyente, psico-física, la fuerza creadora que realiza el hombre nuevo en el mundo. Pablo, que por otra parte no presenta nunca una antropología sistemática del todo coherente, hace en la 1 Ts 5,23 una división tripartita del hombre: "El Dios de la paz os santifique hasta la perfección, y todo aquellos que es vuestro, espíritu (pneuma), alma (psychê) y cuerpo (sôma), se conserve irreprensible para la venida del Señor nuestro Jesucristo". En esta visión antropológica tricotomística no están unidos alma y cuerpo, sino espíritu, alma y cuerpo. Aquí el espíritu designa el principio divino de la nueva vida en Cristo, o más bien la parte superior del hombre. En este contexto el alma es la vida, esto es, la vitalidad, aquella parta del hombre que es voluntad y sentimiento. De forma semejante Pablo contrapone al hombre psychikós, el hombre pneumatikós, el hombre iluminado por el Espíritu de Dios. (cf. 1 Cor 2,14-15): el hombre natural en oposición al hombre espiritual. Aquí el mencionado espíritu -contrariamente a 1 Ts 5,23- es Espíritu de Dios, no una fuerza superior de espíritu, que por otra parte es ya propia del hombre natural. En este contexto de contraposición a espíritu, el alma no indica una categoría antropológica, sino otro modo de existencia. El don del Espíritu divino concedido al cristiano introduce a todo el hombre, cuerpo y alma, en una nueva vida. El hombre "espiritual" es aquel que bajo la guía del Espíritu Santo desarrolla, sobre todo, el don de la caridad derramado en él por el Espíritu de Dios.

La vida espiritual cristiana es la vida del hombre según el "espíritu", en oposición a la vida según la "carne" (cf. Gal 5,17). El hombre es "carne" (sarx), es decir criatura y no Creador. ¡En esto no hay nada de malo! La debilidad y la fragilidad pertenecen a la naturaleza de toda cosa creada, y el hombre se recuerda con gozoso reconocimiento del don de esta vida frágil. Pero si él olvida que se trata de un don, y si de su condición de criatura hace la única regla

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de la propia existencia, excluyendo a Dios como norma moral, entonces se vuelve"carne" o mejor se abandona a las fuerzas precarias de la "carne".

El hombre siente en sí una profunda escisión. En él existen diferentes aspiraciones y tendencias, buenas y malas, "espirituales" y "carnales", que luchan para conquistarlo. Pero no se trata de la lucha o de la oposición entre las partes del hombre, sino más bien del ser humano mismo en cuanto que pretende hacer palanca sobre la propia posibilidad oponiéndose a las de Dios. La lucha por lo tanto que se establece en el creyente entre la "carne" y el "espíritu" no coincide con la lucha entre el cuerpo y el alma. Indica sin embargo la oposición entre aquello que existe de tendencia al pecado en el hombre concreto ("carne") y el principio de vida divina y de tendencia a Dios que invade al hombre mismo ("espíritu"). No sin razón, Pablo introduce entre las "obras de la carne" la idolatría, la enemistad, la ira y cosas semejantes (cf. Gal 5,19-21). Si él habla de la "concupiscencia de la carne", no está en cuestión el cuerpo, sino el entero hombre. La nueva vida en el Espíritu comporta una renuncia por principio a una vida que confíe en la posibilidad humana de autojustificación del individuo.

Podríamos por lo tanto definir la espiritualidad cristiana como "un itinerario de vida en el Espíritu". La vida del creyente es una vida según el Espíritu si es fiel al principio de vida divina recibido. Quienes viven según la carne, buscan todo aquello que le agrada a la carne. Quienes, en cambio, viven según el Espíritu, tienden a las cosas del Espíritu. En efecto, las tendencias de la carne conducen a la muerte; las tendencias en cambio del Espíritu conducen a la vida y a la paz. Porque el hombre carnal, el hombre en donde no habita el Espíritu, es enemigo de Dios, en cuanto las tendencias de la carne son hostiles a Dios.

Por consiguiente entre la carne, sometida al pecado, y el Espíritu inspirador de santidad, no hay conciliación. La espiritualidad cristiana exige por lo tanto una vida según el Espíritu en lucha con las fuerzas de la carne.

Y por eso la vida espiritual del cristiano lleva en sí una germen de actividad y dinamismo, que lo conduce a una plena y perfecta posesión de la vida divina8.


8 Cf. I. DE LA POTTERIE - S. LYONNET, La vita secondo lo Spírito condiziones del cristiano = Teologia oggi 1, Editr. A.V.E., Roma 1967; veáse también las voces Carne, Corpo e Spirito del Dizionario dei concetti biblici del Nuovo Testamento..., 203-211, 377-388, 1784.1798.

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3. La estructura de la vida espiritual

Después de cuanto hemos dicho, es evidente que la espiritualidad cristiana en cuanto tal tiene sus raíces en la revelación de Dios al hombre. Por otra parte, sólo el Espíritu Santo puede revelar el plan de Dios porque Él es interior al mismo Dios (cf. 1 Cor 2,9-11). Cuando el Espíritu viene a nosotros, participa sus frutos (cf. Gal 5, 22) y nos permite penetrar en la plenitud de la revelación de Jesucristo (cf. Jn 16,13ss). En nosotros, el Espíritu es fecundidad, santidad, ¡"vida espiritual"!.

Nuestras relaciones con el Dios personal y trascendente dependen de un hecho histórico: del hecho que Dios se nos ha revelado. Nuestra vida espiritual es suscitada y formada por el hecho de que Dios nos ha hablado y Su Palabra se ha hecho carne y mora entre nosotros. Con otras palabras, la vida espiritual cristiana no parte de una posible concepción sobre Dios, sino de la fe, la fe propiamente cristiana, o sea el asentimiento que damos a la Palabra de Dios, Palabra que nos ha dado a conocer y que nos ha sido dada en Cristo Jesús.

La perspectiva en la que se nos presenta la vida espiritual cristiana es altamente vital y esencial. Está fundada sobre una relación de alianza con Dios por mediación de Cristo en el seno de la Iglesia: acción de Dios hacia el hombre; respuesta continua del hombre a la acción divina. Por eso la vida espiritual es sustancialmente una experiencia de comunión con Dios fundada sobre el don del Espíritu Santo. Las grandes líneas de estructura del ámbito en la que se coloca esta experiencia son las siguientes:

La experiencia religiosa cristiana se coloca al nivel de radicalidad propio de la experiencia ético-religiosa: es decir donde la tensión religiosa hacia la divinidad se hace inseparable, es más se sintetiza con la tensión ética. Se determina, por lo tanto, en el sujeto una síntesis vital por la que la tensión religiosa a la comunión con la divinidad se verifica en la interpretación religiosa del imperativo ético o de la búsqueda de los valores morales.

La experiencia cristiana, sin embargo, no es simplemente del orden ético-religioso: está fundada sobre la respuesta de fe a Dios que

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se revela. En la experiencia religiosa cristiana, la tensión ético-religiosa se concreta como obediencia a una revelación; y en la obediencia a la revelación se acoge y se realiza la posibilidad de comunión.

En la experiencia religiosa cristiana todo esto se determina por una fundamental e insustituible referencia a Jesús de Nazaret: en cuanto estructuralmente, constitutivamente, advenimiento último, decisivo de revelación. La experiencia cristiana es la experiencia de un creyente en Cristo, o sea debe la referencia a Jesucristo con la creatividad propia de Su Espíritu, por lo tanto no materialmente, como si debiera referirse a un modelo, a un código inerte.

Finalmente, esta experiencia se presenta con una típica acentuación eclesiológica, es decir, es vivida en referencia a una comunidad visible y jerárquica, la comunidad de la Iglesia. La experiencia personal en Cristo y en el Espíritu se sitúa en el corazón de la comunidad eclesial, porque ésta se presenta al cristiano como el lugar de comunión ofrecida y realizada.

Por tanto no sería justo pensar que la auténtica experiencia cristiana exige la superación de la referencia a la comunidad eclesial, a favor de una interioridad y profundidad del sujeto. Paradójicamente en cambio la interioridad y profundidad de la comunión en Cristo se experimentan en el mismo movimiento en el cual se acepta y se vive el "riesgo" de exponerse a la "mediación" humana de la Iglesia.

Resumiendo y concretizando, diremos que cualquier modo de concebir y de realizar el ideal de una vida cristiana, o sea, cualquier espiritualidad cristiana debe comprender los siguientes elementos: debe ser sobre todo "teocéntrica", porque es Dios quien toma la iniciativa de nuestra salvación poniendo en movimiento la historia sagrada, y es a Él que el hombre redimido tiende. La espiritualidad deberá ser además "cristológica" y "pneumática", porque la finalidad del Padre al llevar adelante la historia es de comunicar Su vida íntima a las criaturas, y esto se realiza en la persona de Jesucristo de forma completa y definitiva (cf. Ef 1,3-11), el cual es constituido único Mediador entre Dios y los hombres; luego, por voluntad de Cristo, Su obra salvífica se prolonga y es participada por los individuos en el tiempo y en el espacio, por obra del Espíritu y en el seno de la Iglesia por medio,

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sobre todo, de los sacramentos de la fe. Por lo tanto toda auténtica espiritualidad cristiana debe ser también "eclesial" y "sacramental". En resumen, debemos añadir la perspectiva "escatológica", en la que es plenamente consumada toda experiencia cristiana. Todos estos elementos constituyen eso que podríamos llamar las notas objetivas de la espiritualidad cristiana, las cuales son necesarias para integrar el concepto mismo de espiritualidad cristiana.

A las citadas notas objetivas, es necesario añadir otros elementos de carácter predominantemente subjetivo, que constituyen lo que nosotros llamamos notas subjetivas, también éstas comunes a cualquier tipo de espiritualidad cristiana. Tales elementos suponen una actividad individual ordenada a la perfección del mismo individuo, y son indispensables para alcanzar la perfección de la vida espiritual. Estos elementos son, en general, la "práctica de las virtudes", concretamente las teologales9.

Semejante planteamiento nos ayuda a comprender que los elementos que caracterizan las diferentes "espiritualidades" son ante todo elementos estructurantes de cada experiencia cristiana como tal, aun no asumiendo en las diferentes "estructuras" concretas el mismo significado catalizador o sintético10. Luego una tal concepción de la vida espiritual cristiana es válida para toda época siendo al mismo tiempo particularmente cercana a la sensibilidad del hombre de hoy, a su precisa mentalidad. El hombre moderno, creyente o no creyente, es un hombre insatisfecho que busca contenidos más consistentes de vida. Las recetas de tipo moral o ascético sin contenidos auténticos, lo dejan insatisfecho. Tiene un rechazo profundo de cara a ciertas prácticas mecánicas o rutinarias. Una vida espiritual que tiene como base una relación personal con el Dios vivo y personal de la historia de la salvación,



9 Cf. G.M. BRASÓ, Litúrgia i espiritualitat = Biblioteca "Vida Cristiana" 1, Montserrat 1956, pp. 20-21; F.X. DURRWELL, La risurrezione di Gesú mistero di salvezza. Teologia bibilica della risurrezione, Deis. Paoline, Roma 1962, pp. 435ss; G. MOIOLI, Liturgia e vita spirituale: Rivista Liturgica 61, 1974, pp. 326-329; Id., Esperienza cristiana: nuovo Dizionario di Spiritualitá, a cura di S. DE FIORES e T. GOFFI, Deis. Paoline, Roma 1979, 536-542; Ch. -A.BERNARD, Teologia spirituale = Testi di Teologia 1, Edizioni Paoline, Roma 1982.
10Cf. G. MOIOLI, Teologia spirituale: nuovo Dizionario di Spiritualitá..., pp. 1607-1608.

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historia siempre en acción, en donde el hombre es directo y responsable protagonista, puede salir al encuentro de las expectativas de los hombres de nuestro tiempo. Se trata siempre deseada vuelta a los orígenes11.































11 Cf. V. TRUHLAR, Concetti fondamentali della teologia spirituale = Guide di Teologia 6, Editr. Queriniana, Brescia 1971, pp. 11-14.

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