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III. EL SEGUIMIENTO Y LA IMITACIÓN DE CRISTO

«Seguir» en los textos bíblicos neotestamentarios es usado en diferentes acepciones. Expresa la relación diferenciada surgida entre Jesucristo y los hombres que se unieron a él, y se refiere bien sea a aquellos que, en el tiempo del ministerio público, le siguieron más o menos constantemente, bien sea a aquellos que creyeron en él por la predicación de los Apóstoles después de Pentecostés, o bien a la estela innumerable de aquellos que viven en la definitiva y plena unión con él en Dios (cf. Jn 13,36b).

Bacht, que ha estudiado la cristología de las fuentes pacomianas48 afirma que en el trasfondo de tal cristología está el motivo de la imitación y del seguimiento de Cristo. En la carta 5ª de Pacomio leemos: «trabajemos, llevando los pesos los unos de los otros (cf. Gal 6,1), como Cristo ha tomado nuestras enfermedades (cf. Mt 8,17) sobre su cuerpo, y no se ha escabullido. Si Cristo es nuestro maestro, nosotros somos sus imitadores y llevamos su oprobio»49. Hacerse monje no significa otra cosa para Pacomio que ser un perfecto discípulo de Cristo. Como todo creyente, el monje no conoce otra ley que esta: «seguir en toda cosa al Señor»50.

El tema del seguimiento y el de la imitación no coinciden exactamente, sobre todo en el plano del vocabulario. El primero implica un camino exterior, un lenguaje hecho de gestos y de decisiones, que expresan claramente que uno camina sobre las huellas de Jesús y se une públicamente al grupo de sus discípulos. El segundo sugiere el esfuerzo moral y místico para reproducir los trazos de Jesús, modelo-ejemplo con el que después del bautismo el Espíritu Santo no cesa de hacer comunicar al creyente. Pero de hecho, en las antiguas fuentes monásticas, los dos temas se corresponden y complementan recíprocamente.


48 Cf. H. BACHT, La loi "retour aux sources" (De quelques aspects de l'idéal monastique pachómien): Revue Mabillon 51, 1961, 6-25. véase también U. RANKE-HEINEMANN, Das frühe Mönchtum..., pp. 83-100.
49 Pachomiana latina, p. 92.
50 Véase PACOMIO, 1ª Catech.: Oeuvres..., pp. 24 y 25.

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1. Crucificados con Cristo

En el origen de la vida monástica está la llamada a un seguimiento explícito y generoso de Cristo en su anonadamiento y en su pasión. En la espiritualidad del antiguo monacato el tema del seguimiento-participación en la vida de Cristo y, en particular, de Cristo crucificado, es central. Para los monjes el camino que conduce a la Vida es el angosto de la Cruz. Toda la vida del monje es considerada, en sustancia, como una comunión con Cristo en el sufrimiento para después alcanzar la comunión con él en la vida: «su renuncia no es otra cosa que la huella de la cruz y de la muerte en sí mismos», afirma Casiano51. La vida de los monjes viene considerada una vida de «crucificados»52 . Se dice de Pacomio que «siempre llevaba en su carne la cruz de Cristo%raquo53. Por su parte, Basilio asegura que los monjes «llevan en el cuerpo la muerte de Jesús y, tomando su propia cruz, siguen a Dios»54. En las Regole ampie afirma que «la regla del cristianismo consiste en la imitación de Cristo, en la medida (en to metro) de la encarnación»55.

La medida y la regla del cristianismo es que se conformen plenamente a la encarnación, es decir al misterio del Verbo humillado por nosotros y hecho obediente hasta la muerte, con otras palabras, que nos hagamos así perfectos imitadores de Cristo continuando en nosotros su misterio personal56.

El deseo de darse a Cristo se realiza en la obediencia y en la renuncia de sí. El ideal de los monjes era vivir ya no según los propios deseos y egoísmos, sino según la voluntad de Dios. En los Dichos de los padres del desierto, leemos que Iperequio decía: «la gloria del monje es la obediencia. Quien la posee, será escuchado por Dios, y estará confiadamente frente al Crucifijo, porque el


51 CASIANO, Istit. IV, 34: pp. 172-173; cf. ibi, XII, 25: pp. 486-487.
52 Cf. GIOVANNI CRISISTOMO, In Matth, hom 68,3: PG 58, 643.
53 Vita copta di s. Pacomio 14: p. 52. Según la Storia Lausiaca 32,3: pp. 152-153. Pacomio hizo imprimir sobre las cogullas de sus monjes una marca de púrpura, en forma de cruz.
54 BASILIO, Epist. 207,2: p. 569; cf. Epist. 223,2: p. 625.
55 BASILIO, Regole ampie 43: p. 315.
56 Cf. Ibi, en nota.

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Señor crucificado se hizo obediente hasta la muerte»57. Casiano, por su parte afirma: «Así como él que está crucificado ya no tiene posibilidad de mover sus miembros y de volverse hacia donde quiere, así debemos regular nuestra voluntad y nuestros deseos, no según lo que nos gusta, sino según la ley del Señor, allí donde ella nos ha colocado»58.

La actitud de renuncia aumentaba en los santos monjes el deseo de los sacrificios, de los dolores y de las aflicciones. En efecto, ellos creían que cuánto más estaban crucificados con Cristo, tanto más experimentaban la realidad del amor de Dios que, como decíamos antes, era el gran fin de la vida del monje. Los monjes creían que este amor, que Cristo mostró intensamente en su pasión, ellos podían experimentarlo más profundamente cuando sufrían con él. Queriendo los monjes tomar sobre sí la cruz de Cristo y con ella abrazar la realidad de su amor, se sentían más fuertemente impulsados a sufrir con él (compadecer). Ellos no querían dejar solo a Cristo en sus sufrimientos. Cuando el día de Pascua, Pacomio preparó para su maestro Palamón algunas hierbas condimentadas con aceite, «éste dándose golpes en la frente dijo llorando: "¿el Señor ha sido crucificado y yo como alimentos condimentados con aceite?"», y rechazó el alimento que se le había ofrecido59.

2. Participación en todo en la suerte de Cristo

Como observa Mortari60, en la espiritualidad de los padres del desierto no hay sólo la elección primaria y global de ser conforme a Cristo en su sufrimiento, y la convicción que tal conformidad se pueda realizar en grado máximo en una vida de sacrificio y de renuncia; hay también una correspondencia puntual de contextos -a veces evidente, otras más sutil- entre los episodios evangélicos y los episodios de la vida de los ancianos ascetas. No sin razón, con respecto a los hermanos que preguntan si hay salvación en función de sus obras, el santo asceta Pambón repite


57 Apoftegmi, serie "alfabetica": vol. 2, p. 206.
58 CASIANO, Istit. IV, 35: pp. 174-175.
59 Pachomii Vita prima 7: p. 5.
60 Cf. L. MORTARI, Vita e Detti dei padri del deserto, vol. 1, pp. 56-61.

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el gesto realizado una vez por Jesús, escribiendo en tierra sus acciones, como el Señor hizo con los fariseos que le habían llevado a la mujer sorprendida en adulterio. Se dice del padre Daniel que pasó incólume a través de los bárbaros, como el Señor cuando querían matarlo, pero todavía no había llegado su hora (cf. Lc 4,30). Como Cristo «fue conducido por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo» (Mt 4,1), así el monje que se retira al desierto sabe que será atormentado por un combate directo y apretado con las potencias malignas... Existe por lo tanto la conciencia de que el seguimiento de Cristo conduce a una íntima participación en la suerte misma del Señor.

La participación del monje en los dolores de Cristo Jesús enlaza con el tema del duelo por los propios pecados, causa de la muerte en la cruz de Cristo: «el monje -dice Poimén- debe tener siempre en sí el duelo por sus pecados»61. S. Juan Crisóstomo reprende al monje disipado diciendo: «Tú ríes sin medida, ¿y sin embargo eres un monje? ¿Tú que eres un crucificado, uno que está en luto? ¿Dónde has visto que Cristo haya hecho semejante cosa?»62. Esta espiritualidad del luto tiene en los padres del desierto una dimensión por así decir pascual: este luto es llamado por los padres Charopoiós, es decir, constructor de alegría. Para expresar la simultaneidad -que escapa de los cánones racionales- de la «Tristeza según Dios» (cf. 2 Cor 7,10) y de la alegría espiritual, los padres han creado un término intraducible, la Charmolúpe ("alegría-duelo"). Juan Clímaco escribe: «Quien camina continuamente en el luto según Dios, no cesa de hacer fiesta cada día»63. Para evitar equívocos, es necesario sacar a la luz todos los elementos que integran los diferentes temas de la espiritualidad del antiguo monacato, muy frecuentemente juzgada unilateralmente.

Como decíamos al principio, el seguimiento de Cristo es alimentado por la seguridad de que, a través de la participación de la cruz de Cristo, el monje tiene parte también en su vida divina. La lucha, la fatiga y las dificultades son el camino natural que conduce a


61 Apoftegmi, serie "alfabetica": vol. 2, p. 89.
62 JUAN CISOSTOMO, In Epist. Ad Hebraeos IX, hom. 15,4: PG 63,121.
63 JUAN CLÍMACO, Scala Paradisi 6,66: PG 88.

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la vida. «La cruz es el principio de nuestra vida» afirma Orsiesio, y después añade: «Debemos saber que sin las tribulaciones y las angustias, nadie obtendrá la victoria»64.

Si en este mundo son posibles la paz y la alegría, se trata siempre sólo de la paz y de la alegría que derivan de la esperanza del Reino futuro y que ahora son alcanzables solamente a través de la aceptación de la cruz y del esfuerzo. En el fondo de esta concepción de la vida ascética hay una cierta relación de oposiciones entre el mundo actual y el mundo futuro, que los monjes ven como contraposición entre el mundo o vida mundana y vida nueva en Cristo Jesús: aliarse con el mundo es un impedimento para cumplir una auténtica elección por Cristo: «Renunciemos al mundo -dice Orsiesio- para que, perfectos, podamos seguir a Jesús perfecto»65.

3. La "vida apostólica"

Los primeros monjes estaban convencidos que su género de vida no era sustancialmente algo singular. Como decíamos antes, ellos buscaban seguir las huellas de la larga fila de aquellos que les habían precedido en el seguimiento de Cristo. El seguimiento de Jesús es vivido por el monje «según el modelo y el ejemplo de aquellos que le han precedido en este camino»66.

De un modo del todo particular, los monjes son seguidores de los mártires, los que en el seguimiento de Cristo sufriente han adquirido la máxima participación dando su vida por Cristo67.

Ya en el A.T. el monje encuentra sus predecesores y modelos, especialmente en los profetas y en otros santos personajes que ofrecieron su vida por la causa de Dios, tal como leemos en la carta a los Hebreos: «Otros sufrieron escarnios y flagelaciones, cadenas y prisión. Fueron lapidados, torturados, serrados, fueron muertos a espada, iban de un lado para otro cubiertos de piel de ovejas



64 Orsiesi Liber 50: Pachomiana latina, p. 142.
65 Ibi 6: Pachomiana latina, p. 112.
66 Epistola Ammonis Episcopi 23: p. 111.
67 Véase sobre este argumento, M. VILLER, Le martyre et l'ascèse: Revue d'ascétique et de mystique 6, 1925, 105-142.

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y de cabra, necesitados, atribulados, maltratados..., vagando por los desiertos, por los montes, entre las cavernas y las grutas de la tierra»(Heb 11,36-38). Este bramo neotestamentario es citado frecuentemente por las antiguas fuentes monásticas: por Teodoreto, Basilio, Casiano y otros68.

Pero los verdaderos y más inmediatos modelos bíblicos son sobre todo los Apóstoles. Como los Apóstoles lo dejaron todo y siguieron a Cristo participando plenamente también de su cruz, así también los monjes, siguiendo su ejemplo, renuncian al mundo para ser perfectos discípulos de Cristo. Ya en la vocación del padre de los ermitaños, Antonio, ejerce un fuerte influjo el pensamiento de «como los Apóstoles dejaron su casa para seguir al Salvador»69. El propósito de conformar la propia vida con la de los Apóstoles se convierte de este modo en un punto de referencia de la espiritualidad monástica, sobre todo de la cenobítica.

Las vidas coptas de Pacomio cuentan que, cuando los hermanos, desconsolados por la muerte de su padre, vinieron de Tabennesi a visitar a Antonio enfermo, estos habrían dicho de Pacomio: «Haber reunido a las almas a su alrededor, con el fin de ofrecerlos también al Señor, es un hecho que demuestra que él es superior a nosotros y que el camino que él ha seguido es el camino apostólico, quiero decir la congregación»70.

Estas palabras, que hacen eco al complejo del dossier pacomiano, son muy ricas de significado. Teodoro, uno de los primeros discípulos de Pacomio, hablará de la vida cenobítica como «vida apostólica»71. La expresión "vida apostólica", que en la historia de la espiritualidad cristiana y más concretamente de la vida religiosa asumirá una variedad de significados, en el fondo no expresa otra cosa que el deseo de «vivir como los Apóstoles». Es clara en este caso la referencia a la vida conducida por el grupo


68 Teodoreto compara al monje Marcianos con Elias, Juan y otros semejantes... (Storia philothea 3,1: pp. 246-247); "ellos -los monjes- se ponen la "piel" imitando a aquellos que en el AT habían iniciado este género de vida..." (CASIANO, Istit. I,7: pp. 46-47); cf. BASILIO, Epist. 42,5: p. 168.
69 Vita di Antonio 2,2: pp. 8-9.
70 Codees Sabid, S, 120: Les vies coptes... p. 268.
71 f. TEODORO, 2ª Catech,: Oeuvres..., p. 38.

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apostólico al seguimiento de Jesús y a la vida de la primitiva comunidad cristiana de Jerusalén72.

Concluyendo, diremos muy sucintamente que el cristocentrismo de la espiritualidad del antiguo monacato se enlaza con una serie de temáticas cuyo eje está constituido por el motivo central de la imitación y seguimiento de Cristo sufriente: toda la vida monástica se considera como una comunión con Cristo en el sufrimiento para alcanzar después la comunión con él en su vida divina.



























36 Cf. M. AUGÉ, Lineamenti di storia dell'antico monachesimo..., pp. 17-19.

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