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IV. BAJO LA ACCIÓN DEL ESPÍRITU

Del Espíritu Santo falta en la Escritura una representación apropiada. Después la teología tiende a subrayar más las obras del Espíritu que su Persona, perdida u oculta detrás de algunas realidades teológicas como la gracia, la caridad, los dones. Todo esto concurre a que el creyente no consiga a acercarse al Espíritu Santo como a una Persona. De este modo viene a faltar la intimidad con este agente primario de la vida cristiana. De ello se sigue que la piedad trinitaria se disipa por la falta de relaciones personales con el Espíritu Santo.

En las fuentes de la revelación, el Espíritu Santo es el enviado del Padre en nombre de Cristo resucitado, para llevar a cumplimiento su obra de redención. Es, por tanto, autor de la santificación, en la Iglesia entera y en cada uno de los creyentes.

Atanasio y Basilio, dos grandes teólogos de la espiritualidad monástica, son los Padres que establecen en el siglo IV la doctrina clásica del Espíritu Santo. Para Basilio, el Espíritu Santo tiene una función fundamental, bien distinta de la del Verbo. Éste, revela al Padre como su imagen; el Espíritu tiene una función interna al creyente y lo ilumina. Atanasio reconoce al Espíritu la igualdad con el Padre, pero no tiene nada que atribuirle que no haya dicho ya del Verbo y, en el fondo, del Padre. Sin embargo en Basilio el Espíritu tiene una función hipostática, bien definida. Y precisamente es en este tiempo que se presta una atención del todo particular a la naturaleza y a la acción del Espíritu, convertidas en objeto de controversia. Ecos de estas controversias doctrinales los encontramos en la Storia Lausiaca, donde se dice de Melania y Rufino de Aquileya que «juntos obraron para persuadir a todo herético que negaba el Espíritu, y lo devolvieron al seno de la Iglesia»73.

Entre los que se encuentran de modo particular bajo el influjo de la acción del Espíritu divino, Hipólito de Roma señala a los mártires: «el Espíritu del Padre enseña a los mártires la elocuencia consolándoles y exhortándoles a despreciar la muerte aquí abajo, para apresurarse a alcanzar los bienes


73 Storia Lausiaca 46,5: pp. 224-225.

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celestes...»74. La oposición entre el mundo y los bienes celestes, objeto principal de la enseñanza del Espíritu, sugiere ya la función particular que éste reviste en la espiritualidad del antiguo monacato, que había hecho de este tema un elemento central de su experiencia espiritual.

Los estudiosos han notado la ausencia de citas explícitas del Espíritu Santo en una parte considerable de la literatura monástica antigua75. Nada encontramos en la Vita di Antonio, excepto las citaciones de Rom 8,4 y un caso dudoso. Semejante silencio se puede atribuir al cristocentrismo antiarriano de Atanasio. Relativamente poco nos ofrecen los Dichos de los padres del desierto. Nada verdaderamente significativo hay en Evagrio. Sólo dos citas en la Storia Lausiaca de Palladio, y tres en la Encuesta sobre los monjes en Egipto. En las fuentes pacomianas sin embargo las referencias explícitas al Espíritu son más numerosas, como también en las cartas de Antonio y, en menor medida, en las de su discípulo Ammón. Por consiguiente, podemos afirmar que las fuentes del antiguo monacato no nos proporcionan muchas noticias sobre la parte que la presencia y la acción del Espíritu Santo han tenido en la espiritualidad de los primeros monjes. Teniendo en cuenta sin embargo datos esparcidos aquí y allá, podemos obtener un cuadro bastante completo, que trataremos describir en sus varios elementos en las páginas siguientes.

1. El monje perfecto es un hombre "lleno"de Espíritu Santo.

Esta es la definición que los Dichos dan del padre Arsenio76. De un monje egipcio que se hizo amigo de Arsenio, se dice que estaba «lleno del buen perfume del Espíritu Santo» (cf. 2 Cor 2,15)77 Del padre Samuel, se afirma que era un «hombre animado por el Espíritu



74 HIPÓLITO, Comentario a Daniele 2,21: ediz. A cargo de M. LEFÈVRE = Soutces Chrétiennes 14, París 1947, P. 112.
75 Cf. AA. VV., Commendaments du Seigneur et liberation évangelique. Études monastiques proposes et discutes à Saint-Anselme, 15-17 février 1976, éditées par J. GRIBOMONT = Studia Anselmiana 70, Roma 1977, pp. 279-282.
76 PCf. Apoftegmi, serie "alfabetica": vol. 1, pp. 111-112.
77 Ibi: vol 2, p. 157.

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de Dios»78. De Antonio, padre de los ermitaños, se dice que se hizo «pneumatóforo»79, es decir, portador del Espíritu. Este título que es aplicable a todo bautizado, es particularmente apropiado a aquellos en los que aparecen particulares manifestaciones carismáticas del Espíritu.

También el famoso Macario el Egipcio era llamado el «pneumatóforo»80. En la perspectiva de la historia de la salvación propia de las cartas de Antonio, la «pneumatoforia» caracteriza a quienes viven bajo la ley de la alianza, Moisés, el coro de los profetas y los santos...

Pero el monje indigno es privado del Espíritu. De un hermano de la Comunidad pacomiana, caído en pecado y cada vez más impenitente a pesar de los continuos avisos de Teodoro, se afirma que el Espíritu se retiró de él81. Orsiesio, otro discípulo y sucesor de Pacomio, en sus exhortaciones a los monjes entre otras cosas dice: «si (el alma) es negligente, el Espíritu santo se aleja; sin su luz bajan las tinieblas...»82. El Espíritu se aleja del que osa juzgar a su hermano83, y la fornicación nos hace «extraños al Espíritu Santo»84. Muchas veces Pacomio exhorta a su hermanos a no entristecer al Espíritu Santo de Dios que habita en nosotros (cf. Ef 4,30)85

2. La presencia y la acción del Espíritu son particularmente intensas en los que tienen una función de guía o de gobierno: la "paternidad espiritual".


78 Vita copta di s. Pacomio 55: p. 105.
79 Apoftegmi, serie "alfabetica": vol. 1, p. 92.
80 Ibi: vol. 2, p. 26.
81 Cf. Vita copta di s. Pacomio 148: p. 250.
82 Vita copta di s. Pacomio 209; p. 301; la misma enseñanza la encontramos en los Dichos dedicados a Orsiesio: cf. Apoftegmi, serie "alfabetica": vol. 2, p. 74.
83 Cf. Apoftegmi, serie "alfabetica": vol. 2, p. 256.
84 Ibi: pp. 268-269.
85 Cf. Vita copta di s, Pacomio 101: p. 173; PACOMIO, 1ª Catech: Oeuvres ..., p. 19.

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Es el Espíritu Santo el que revela a Pacomio que debe ser el primer fundador de un cenobio86. Frecuentemente se dice de él, que en su misión de gobierno de la comunidad era particularmente asistido por el «Espíritu que residía en él»87.

La misma cosa se afirma también de los sucesores de Pacomio: «Dios había suscitado en su congregación otro padre potente, de nombre Orsiesio, capaz de tener cuidado de vuestras almas y de vuestros cuerpos, gracias al Espíritu de Dios que habita en él»88. Teodoro es descrito como un hombre «ardiente por el Espíritu Santo que habitaba en él»89; el mismo Espíritu, se añade, movía el corazón de los hermanos «a través de la palabra de Teodoro»90.

Antonio, después de haber pasado veinte años en soledad, «salió fuera como de un santuario, iniciado en los misterios y divinamente colmado por el espíritu divino». (... divinitate divinitus plenus)91. Inmediatamente después, su biógrafo lo muestra consolando, reconciliando y enseñando. Antonio ha alcanzado el don de la paternidad espiritual y acepta discípulos. Es un don que hace capaz, a quien lo posee, de engendrar hijos en el Espíritu y de guiarlos a la medida de la propia perfección. Hausherr da una especie de definición que corresponde a las ideas clásicas de la espiritualidad oriental: «El espiritual es aquel a quien, gracias a la mortificación de las pasiones y a la apthia que le deriva, la caridad ha desvelado la gnosis de las cosas divinas y la diacrasis de las cosas humanas, de modo que él pueda, sin peligro para él mismo, guiar con sabiduría a los demás sobre los caminos de Dios»92.


86 Cf. Apoftegmi, serie "alfabetica": vol. 1, p. 170.
87 Vita copta di s. Pacomio 8: p. 41; cf. ibi 70: p. 122; 106: p. 185.
88 Ibi: 133: p. 226.
89 Ibi 201: p. 288.
90 Ibi 141: p. 237.
91 Vita di Antonio 14,2: pp. 36-37. El traductor ha hecho explícita la referencia al Espíritu.
92 J. HSHERR, Direction spirituelle en Orient autrefois = Orientalia christiana Analecta 144, Pont. Istituto di Studi Orientali, Roma 1955, p. 52.

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Se habla de paternidad, en el sentido de una relación personal, según una doble tradición93. La primera se remonta a s. Ignacio de Antioquia y constituye la "paternidad funcional"; el obispo es llamado padre en función de su sacerdocio. Él bautiza y obra la filiación divina por medio de los sacramentos. La segunda tradición se remonta a los padres del desierto. Su paternidad no proviene de ninguna función sacerdotal: el asceta del desierto es padre por elección divina, por un carisma del Espíritu Santo, por el hecho de ser "theodidacta", enseñado directamente por Dios. Ni la edad ni las funciones ejercitan aquí ningún papel. Es sintomático que los mismos obispos buscasen ayuda y consuelo de los solitarios del desierto que eran guiados directamente por el Espíritu.

La condición esencial para ser "padre espiritual" es la de ser primero de todo espiritual (pneumatikós). En los Dichos de los padres del desierto bastante veces los ermitaños son llamados «hombres espirituales»94. No se puede comunicar el Espíritu si no se posee previamente.

La fecundidad espiritual es una relación con la Cruz. El padre Longino transmite la famosa sentencia de los espirituales: «Da sangre y toma el Espíritu»95. Un padre espiritual no es un maestro que enseña, sino aquel que engendra a imagen del Padre celeste. El arte de la paternidad espiritual no se aprende como una ciencia en la escuela, sino que es fruto de un carisma del Espíritu.

3. El Espíritu Santo se expresa a través de las palabras de la Escritura y del Padre carismático.

La Sagrada Escritura tiene en la formación espiritual de los primeros monjes una gran importancia, sobre la que volveremos mas adelante. Doctrina común de los padres anacoretas y de los primeros cenobitas es que el Espíritu Santo nos habla a través de la palabra revelada. «Lo dice el Espíritu Santo», afirma el anciano Poimén,


93 Cf. P. EVDOKIMOV, La nouveauté de l'Esprit. Études de spiritualité = Spiritualité Orientale 20, Abbaye Bellefontaine 1977, pp. 149s.
94 Cf. Apoftegmi, serie "alfabetica": vol. 2, p. 178.
95 Ibi: vol. 1, p. 315.

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citando la Escritura96; de modo semejante, y más frecuentemente, se expresan los discípulos de Pacomio97.

En los Dichos la palabra de los ancianos es generalmente mencionada junto a la Escritura. A la base de tal acercamiento está la convicción profunda de que se trata de dos realidades homogéneas, fruto de la única y múltiple revelación del Espíritu. Referente al carisma extraordinario de la palabra presente en Efrén Sirio, los apogtemas dicen que «provenía del Espíritu Santo lo que salía de los labios de Efrén»98. Evagrio Pontico en su Tratado practico cita al Espíritu Santo únicamente al final, en el epílogo, para afirmar que todo cuanto ha escrito ha podido hacerlo «por gracia del Espíritu»99.

4. El Espíritu Santo asiste al monje en la lucha contra los demonios.

Se sabe que la demonología ocupa en la Vida de Antonio un puesto relevante: la lucha con los demonios no termina nunca. En el gran discurso doctrinal, que constituye un verdadero programa de la espiritualidad antoniana, por dos veces el hombre de Dios recuerda a sus discípulos la eficacia del Espíritu en la lucha contra las potencias del mal: «El recto camino y la fe en el Señor a través de Jesucristo y del Espíritu Santo son un gran escudo contra ellos (los demonios)»100.

El asceta perfecto recibe del Espíritu Santo el don de discernir los espíritus, de modo que sabe reconocer los demonios a pesar de sus astucias, hasta cuando se transforman en ángeles de luz101.

Pacomio afirma que el diablo se aleja de aquel con el que está en guerra, cuando ve que en él mora el Espíritu Santo102. La misma doctrina se encuentra en su discípulo Teodoro103.


96 Ibi: vol. 2, p. 117.
97 Cf. ORSIESI, 2ª Catech. : Oeuvres…, pp. 70, 71, 72, 73.
98 Apoftegmi, serie "alfabetica": vol. 1, p. 189.
99 EVAGRIO, Trattato pratico: pp. 712-713.
100 Vita di Antonio 30,2: pp. 68-69; cf. ibi 23,3: pp. 52-53.
101 Cf. ibi 23,3: pp. 52-53.
102 Cf. PACOMIO, Excerpta: Oeuvres..., p. 27.
103 Cf. TEODORO, 3ª Catech: Oeuvres..., p. 56.

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5. El Espíritu Santo y la ley.

El ideal que Pacomio propone a sus discípulos está resumido en la breve fórmula: vivir según la voluntad de Dios. Pero para alcanzar este fin no basta obedecer las leyes exteriores y las reglas escritas. Hay que ser, además, dóciles a la voz de la conciencia y a las inspiraciones particulares del Espíritu104. Según la expresión de Teodoro, cada uno debe ser fiel a la santa vocación de la koinonia «según la medida de sus fuerzas y el impulso del Espíritu Santo»105. Pacomio animaba a sus discípulos a seguir la voz interior del Espíritu y exigía que los hermanos respetasen la personalidad espiritual de los demás. Sin embargo en el campo de las inspiraciones interiores es indispensable el recurso al discernimiento del padre espiritual; algunos pasajes de las Vidas nos demuestra a Pacomio particularmente atento a disipar las posibles ilusiones106.

6. Los frutos del Espíritu.

El Espíritu Santo ilumina107, inspira108, salva109, es fuego que consume110. Cuando el Espíritu desciende en los corazones de los hombres, estos se renuevan profundamente111.

Fruto del Espíritu son las virtudes112. Una lista de estas virtudes dadas por el Espíritu, la encontramos en la Vida copta de s. Pacomio: «la fe, el bien, el temor, la piedad, la pureza, la justicia, la longanimidad, la bondad, la dulzura, la templanza, la alegría, la esperanza y la perfecta caridad»113. No se trata de los tradicionales


104 Cf. P. DESEILLE, L'Esprit du monachisme pachômien = Spiritualité Orientale 2, Abbaye de Bellefontaine 1973, pp. XLI y ss.
105 TEODORO, 3ª Catech.: Oeuvre..., p. 50.
106 Véase por ejemplo Vita copta di s. Pacomio 64: pp. 113-114.
107 Cf. Apoftegmi, serie "alfabetica": vol. 1, p. 290.
108 Cf. Vita copta di s. Pacomio 8: p. 41.
109 Cf. ibi 108: p. 193.
110 Cf. Apoftegmi, serie "alfabética": vol. 2, p. 193.
111 Cf. Ibi: vol. 1, p. 247.
112 Cf. Vita copta di s.Pacomio 2: p. 36.
113 Ibi 73: p. 126.

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dones del Espíritu Santo, sacados de Is 11,1-2, sino de una lista de virtudes, según el modelo de las paulinas. La referencia principal es Gál 5,22. El número y el orden de los frutos del Espíritu enumerados no coinciden: probablemente ha habido una integración con Is 11 y 1 Cor 13,13 -para las tres virtudes teologales-.

Para Pacomio, finalidad del esfuerzo ascético del monje y de la vigilancia sobre su corazón, es que «el Espíritu Santo habite en él» y que «sea templo de Dios»114; «que obtenga la perfección de los frutos del Espíritu»115; que alcance «la unidad del espíritu»116. Así enseña también Orsiesio: para alcanzar los frutos del Espíritu es necesario convertirse y purificarse de las imperfecciones117, es necesario luchar. «También el alma -leemos en los Dichos- sabe haber concebido el Espíritu Santo cuando se aplacan las pasiones que fluyen en el fondo de él; mientras está atrapada en ellas, ¿cómo puede jactarse como si fuese impasible? Da sangre y toma el Espíritu»118, lucha, esto es, y alcanzaras la posesión de las virtudes del Espíritu. El monje, antes de recibir el Espíritu con sus dones, debe ser formado en la humildad, en la abnegación, en el olvido de sí, en la pureza de corazón, en el sacrificio; debe aprender a dar a Dios la sangre del alma y del cuerpo. Cuando haya adquirido esta libertad total, esta disponibilidad, estará maduro para recibir los dones del Espíritu.

La inhabitación del Espíritu - que no es otra cosa que el pleno desarrollo de la gracia bautismal- es una verdadera deificación del hombre, así la explica Teodoro119. Tal deificación realiza ante todo la transformación moral del hombre120. El hombre entonces llega a la plena madurez espiritual; en virtud de l a inhabitación del Espíritu Santo, él posee un instinto interior, un tacto espiritual, que le permite discernir espontáneamente la voluntad del Señor, y alcanza así el «verdadero conocimiento» de Dios121.


114 PACOMIO, 1ª Catech.: Oeuvres..., p. 19. 115 S10: Les vies coptes..., pp. 37-38. 116 S3b: Ibi, p. 340; S3; Ibi, p. 68; S6: Ibi, p. 332; vita copta di s. Pacomio 56: p. 105: Ibi 107: p. 188. 117 Cf. ORSIESI, Règlements: Oeuvres…, p. 87. 118 Apoftegmi, serie "alfabetca": vol, 1, p. 315. 119 Cf. Vita copta di s, Pacomio 194: pp. 277-278. 120 Cf. S3b: Les vies coptes…, 340.

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El monje alcanza entonces la «oración sin distracción» porque su espíritu está todo él cogido por Dios122.

































45 Cf. vita copta di s. Pacomio 183: p. 257
46 Cf. Ibi 91: p. 153-154.

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