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CONCLUSIÓN

La espiritualidad del antiguo monacato se caracteriza sobre todo por un profundo sentido teocéntrico de la vida cristiana. El monje está fascinado de la belleza del amor de Dios. El conocimiento de este amor impulsa al monje a abandonar el mundo que, a causa del pecado, le podría ser un obstáculo. En este contexto la ascesis aparece como instrumento necesario para crecer en el amor de Dios. Los escritos monásticos halan de la experiencia del amor de Dios como de una realidad profunda y mística.

El amor de Dios que tan profundamente agita el corazón de los primeros monjes, es el mismo que le impulsó a Dios Padre a mandarnos a su Hijo. Cristo Jesús, sobre todo en su sufrimiento, es para el monje un punto de referencia constante. La vida monástica se realiza en el seguimiento y en la imitación de Jesucristo. El monje está convencido de que cuanto más está crucificado con Cristo, tanto más experimenta la realidad del amor divino. Aquí se pone en evidencia un profundo sentido pascual de la espiritualidad monástica.

El monje perfecto es un hombre lleno del Espíritu Santo, un "espiritual". El carisma de la paternidad espiritual es un don que capacita, a quien lo posee, para engendrar hijos en el Espíritu y guiarlos a la medida de su propia perfección. Este carisma ha sido concedido a muchos antiguos monjes.

Es verdad que la elección de la vida solitaria y el lugar preponderante dado a la ascesis han oscurecido -al menos en parte- la dimensión eclesial y sacramental de la espiritualidad del antiguo monacato. También es verdad que a medida que va descubriendo la forma de vida cenobítica, descubre con ella y con intensidad siempre mayor la función del misterio de la Iglesia y de sus sacramentos en la experiencia espiritual.

Si la finalidad última de la vida del monje es la unión con Dios, es normal que cualquier otro valor sea juzgado a la luz de esta finalidad última y a ella sometida. En espera de alcanzar este gran ideal, la vida del monje se convierte en un peregrinaje hacia la patria definitiva; vive desprendido de las cosas terrenas, siempre vigilante y gozosamente tendiendo hacia la parusía del día del Señor.

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Semejante espiritualidad se alimenta sobre todo del constante ejercicio de la oración, que aparece como una condición estable que enmarca toda la vida del monje en sus diversas manifestaciones. En ella el monje permanece en continua y atenta escucha de la Palabra de Dios y toma conciencia de su vida teologal.










































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