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Regla de San Benito

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Declaración art. 18-21

Art. 18. Nuestra Orden -como cualquier individuo y cualquier sociedad particular, conserva en si misma su pasado, lleva consigo la herencia y la autoridad no solo de la historia propia desde los orígenes de Cister, sino también de la historia del


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monaquismo en general, cuyas raíces se remontan a los primeros siglos del cristianismo. Por tanto, nos será de gran provecho recoger brevemente las principales fases de la historia monástica así como su importancia.

 

Art. 19. Desde los orígenes de la Iglesia existían formas primitivas de vida monástica (los confesores, las vírgenes, cuya vida llaman algunos "monaquismo doméstico"). En el siglo III, además de las formas antedichas, aparecen los anacoretas y los cenobitas en toda la Iglesia, y a partir del siglo IV, se redactan las "Reglas" que tenían por misión ordenar las nuevas instituciones monásticas y transmitir a la posteridad las experiencias de los "padres espirituales". No obstante, el Evangelio continua siendo la "Regla no regulada", a la cual todas las demás habían de estar sometidas.

 

Art. 20. Sin duda alguna la Regla de san Benito sobresale entre todas.

De las demás reglas el santo Patriarca resumió cuanto había de importante en su "mínima Regla de iniciación" según la cual el monasterio es considerado como la "escuela del servicio divino", en la cual la comunidad, bajo la paternidad de Cristo, del cual hace sus veces el abad para servir a los hermanos, en el armónico equilibrio el “opus Dei”, de la lectura divina, del trabajo y otros ejercicios, a la luz del Evangelio corren por el camino de los mandamientos de Dios.

 

Art. 21. La Regla, que ordena la actividad en el interior del monasterio, en cierto modo recibe un complemento en la "Vida de san Benito" que nos describen los "Diálogos" de san Gregorio; aunque esta Vida no sea históricamente perfecta en todas sus partes, a pesar de todo, nos enseña como según la tradición este santo Padre recibía a, los que iban al monasterio y de que manera se conducía fuera del monasterio. San Gregorio nos muestra a san Benito que "con su predicación continua atraía a la fe a las multitudes que habitaban en los


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aledaños", y que también enviaba frecuentemente a sus hermanos al pueblo vecino para "exhortar a las almas".

 

 




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